(Minghui.org) En la Segunda Prisión de Mujeres de Yunnan se encarcela a las mujeres que cometen delitos. Pero desde que comenzó la persecución a Falun Gong en julio de 1999, se ha convertido en un lugar donde también se encarcela y tortura a las practicantes que han condenado injustificadamente por ejercer su derecho constitucional a la libertad de creencia.
Minghui.org informó anteriormente sobre las diversas formas de tortura empleadas contra las practicantes de Falun Gong encarceladas. Este informe es el relato personal de una practicante de Falun Gong que estuvo en prisión.
Mi propia experiencia: Insignia blanca e insignia roja
A las practicantes de Falun Gong se las obligaba a llevar una "insignia blanca" al ingresar. Teníamos que levantarnos a las 5:40 a. m., cuando a las reclusas se les permitía dormir hasta las 6:20 a. m. Mientras las reclusas iban al taller a trabajar hasta las 7:00 p. m., nos obligaban a sentarnos en un pequeño taburete y estudiar materiales que calumniaban a Falun Gong desde la mañana hasta las 9:00 p. m. No se nos permitía levantarnos para estirarnos y solo podíamos mover un poco las caderas para aliviar el dolor en los glúteos. Mi trasero se infectó y se me formaron cicatrices después de estar sentada tanto tiempo.
A quienes se negaron a renunciar a Falun Gong tras los dos primeros meses de prisión se les entregó una "insignia roja" y la tortura de sentarse se prolongó hasta la medianoche. Una noche nevaba, y solo llevábamos calcetines hasta los tobillos y zapatillas de verano. Tenía los talones agrietados y sangrando, manchando la parte de atrás de las zapatillas. También tenía las articulaciones de los dedos meñiques agrietadas, y al doblar la manta por la mañana, la sangre de mis dedos dejó varias manchas rojas en la tela.
Como las tres reclusas asignadas a vigilarme tenían que estar despiertas conmigo, usaron diversos métodos para abusar de mí y desahogar su frustración. Por ejemplo, cuando me tocaba limpiar la celda, no me permitían tirar la basura afuera ni usar el cubo de basura dentro. Una me lanzó una bolsa que antes contenía fideos instantáneos para que guardara la basura en ella y me la llevara.
Después de la tortura sentada, también teníamos que hacer guardia nocturna durante una hora y veinte minutos (patrullamos la celda y vigilando el sueño de las demás) todas las noches. A las demás reclusas se les permitía ir a buscar agua caliente para beber o calentarse las manos durante la guardia nocturna, pero las practicantes solo podían conseguir agua tibia, que pronto se enfriaba.
A las practicantes de la "insignia roja" solo se les daba la mitad de la comida que se les daba a las demás. Le pregunté a un guardia si se trataba de una política del gobierno central o provincial, y me respondió: "No necesitan sudar en el taller. Solo tienen que estudiar [materiales de lavado de cerebro que difaman a Falun Gong], así que no necesitan comer tanto".
Los guardias también nos obligaban a las practicantes de la "insignia roja" a cantar canciones alabando al Partido Comunista Chino todos los días y a presentar un informe de pensamiento una vez a la semana. Durante los días festivos importantes, también nos obligaban a escribir artículos alabando al régimen.
Más tarde me obligaron a realizar trabajos forzados desde las 7:00 a. m. hasta las 6:30 p.m. Un día típico comenzaba a las 6:20 a. m. y nos presentábamos en el taller a las 7:00 a. m. Solo podíamos tomar algunos bollos al vapor para comer en el camino al taller. La hora del almuerzo en el taller era muy breve y teníamos que reanudar el trabajo justo después de comer. Cenábamos en la celda, pero teníamos que dejar nuestro tazón de cena en el suelo cuando comenzaba el noticiero de la noche Xinwen Lianbo (un programa insignia de lavado de cerebro de la Televisión Central de China). Los guardias ni siquiera nos permitían dejar la cena en la mesa por temor a una inspección repentina de los superiores. No podíamos reanudar la comida hasta que terminara Xinwen Lianbo. Para entonces, la comida ya se había enfriado hacía tiempo.
No nos permitían hablar. Una vez, vi a otra practicante y le pregunté cuánto tiempo le quedaba de condena. Tanto sus vigilantes como las mías nos ordenaron inmediatamente que nos calláramos.
También nos encerraban en una celda de aislamiento de vez en cuando. Los huecos bajo la puerta estaban tapados con periódicos, impidiendo la vista del exterior, y las luces estaban encendidas las 24 horas. Las reclusas que nos vigilaban tampoco nos dejaban usar el baño. Una vez tuve unas ganas enormes de ir, y mis vigilantes dijeron que aún no era hora. Cuando pregunté un poco después, dijeron que ya había pasado. A veces, usaban otras excusas para negarme el uso del baño. Incluso me dijeron: «Lo primero que debes aprender al ingresar a la prisión es a aguantarte la orina y la caca».
Lo que sabía sobre otras practicantes
Un día, los guardias ordenaron repentinamente que todas regresaran a sus celdas rápidamente. Entonces escuché insultos en la celda de enfrente. Inmediatamente después, un olor fuerte y penetrante inundó mi celda, provocando que todos tosieran sin parar.
Más tarde, una reclusa con antecedentes penales me contó que ese día los guardias rociaron con gas pimienta a una practicante en la otra celda. También reveló que, en una ocasión, los guardias le ordenaron que rociara con gas pimienta a otra practicante, lo que le provocó quemaduras graves en la cara y una costra gruesa.
A una madre y a su hija, ambas practicantes de Falun Gong, se les entregaron insignias rojas y se les prohibió comprar artículos de primera necesidad. Tuvieron que recoger papeles arrugados que otras habían tirado para limpiarse después de ir al baño. Algunas reclusas se burlaron de ellas, diciendo que se habían buscado el maltrato al practicar Falun Gong. En realidad, todo su sufrimiento era consecuencia de la persecución ilegal a Falun Gong.
Muchas practicantes eran personas mayores con problemas de visión. Les costaba usar cables de cobre extremadamente finos para enrollar pequeñas bobinas y a menudo no cumplían con sus cuotas. Algunas reclusas eran comprensivas, pero no se atrevían a ayudar por miedo a ser castigadas por los guardias. También temían prestarles artículos de primera necesidad.
Una practicante sufrió los abusos verbales de una de sus vigilantes durante toda una noche porque giró su cuerpo en la litera de arriba, lo que “interrumpió” el sueño de la vigilante que dormía debajo de ella.
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