(Minghui.org) Fui hija única. Mi crianza me convirtió en una persona muy orgullosa. No soportaba que se me tratara injustamente o que se me malinterpretara; sentía la necesidad de dar explicaciones de inmediato. Si no lo hacía, no podía dejar de darle vueltas al asunto: «¿Por qué no dije eso en ese momento? ¿Por qué no lo expliqué de aquella otra forma? ¿Cómo es posible que esa persona no me creyera?». Situaciones así solían dejarme con resentimiento y guardando rencor hacia quien me había tratado injustamente.

La práctica de Falun Dafa me transformó en otra persona. A continuación, comparto algunas de mis experiencias.

Dos meses molesta con mi suegra

Cuando quedé embarazada, mi suegra, que vivía a más de 300 millas de distancia (casi 500 Km) se mudó conmigo para cuidarme. En aquel entonces yo aún no practicaba Dafa; como siempre me había ido bien en los estudios, creía saber más de lo que realmente sabía. Por eso, al interactuar con mi suegra, nuestras formas de pensar chocaban a menudo y no estábamos de acuerdo en muchas cosas. Aun así, como mi propia madre era practicante y me había enseñado a ser respetuosa, siempre traté bien a mi suegra.

Ella trabajó mucho y me cuidó durante varios meses, así que, llegado el verano, pensé que le vendría bien regresar a casa para descansar un poco. Por mi parte, planeaba irme a pasar un tiempo con mis padres. Le conté mi idea con entusiasmo, convencida de que le parecería bien, ya que lo hacía pensando en su bienestar. Para mi sorpresa, en lugar de alegrarse, su rostro se ensombreció. Tras un momento de silencio, preguntó: «¿Qué quieres decir? ¿Acaso intentas deshacerte de mí?».

Me tomó por sorpresa, pues esa no era, en absoluto, mi intención. Me apresuré a explicarle que lo único que quería era que ella pudiera descansar. Ella no quiso escucharme y siguió quejándose al respecto.

Cuando mi esposo llegó a casa esa noche, ella le contó lo que había sucedido. Durante la cena, relató que, años atrás, su propia suegra se había ido a vivir con su hijo mayor. La esposa de aquel hijo no la trataba bien y solo le daba una colcha vieja y desgastada para cubrirse al dormir. Su suegra terminó marchándose, negándose a seguir viviendo con su hijo.

Mi suegra insinuaba que ella estaba siendo bondadosa al estar dispuesta a seguir viviendo con nosotros, incluso después de que yo la hubiera «humillado». Mi esposo no toleró aquello y preguntó: «¿Estás diciendo que nosotros estamos siendo irrespetuosos?». Ella dejó de quejarse, pues sabía que a su hijo no le gustaba que ella se comportara de esa manera.

La situación no terminó ahí. Esa misma noche, mi suegra llamó a mi suegro para quejarse de mí. Más tarde, él me llamó para preguntarme qué había ocurrido, así que tuve que explicárselo todo de nuevo.

Durante los días siguientes, intenté dar explicaciones en repetidas ocasiones, pero mi suegra no quiso escuchar. Me sentía muy angustiada, así que llamé a mi padre para desahogarme. Él me dijo: «Ella dejó sus ocupaciones, salió de su hogar y recorrió todo este camino para cuidarte. No es algo fácil para ella; así que, déjalo pasar». Dejé de discutir con ella, pero seguí guardando resentimiento. Ese verano, ninguna de las dos regresó a su lugar de origen. Nuestra relación se volvió tensa e incómoda.

Falun Dafa me ayudó a mejorar

Poco después, tras el nacimiento de nuestra hija, sufrí depresión posparto. Fue entonces cuando comencé a practicar Falun Dafa. Aunque comprendía que existen relaciones de yeli predestinadas entre las personas, no lograba superar el hecho de que mi suegra me hubiera juzgado injustamente, asumiendo que yo era una mala persona.

A medida que mi comprensión del Fa fue creciendo, un día sentí compasión por mi suegra. Sus padres fallecieron poco después de que ella naciera, por lo que fue criada por parientes y se volvió una persona muy sensible. Aunque no fue mi intención alejarla, eso no cambiaba el hecho de que había herido sus sentimientos. Mi corazón se conmovió; me sentí culpable y apenada por ella. Decidí dejarlo pasar y nunca más volví a mencionar el asunto.

Nuestra hija tenía casi 10 años, y mi suegra había vivido con nosotros, de forma intermitente, durante unos ocho años. Los principios de Falun Dafa cambiaron mi opinión sobre ella, así que comencé a tratarla con amabilidad. Ella también era muy cariñosa conmigo —como si fuera su propia hija— y solía confiarme sus cosas.

Cuando mi suegra estaba en su propia casa, siempre se sentía un poco deprimida y sentía la necesidad de ser extremadamente cautelosa con las personas, tanto en su trabajo como en su hogar. Estaba convencida de que su supervisor quería despedirla y que sus compañeros de trabajo la rechazaban. Su suegro la trataba mal, y ella no tenía con quién hablar cuando se sentía estresada o triste; a veces, terminaba desahogándose con desconocidos.

Al vivir conmigo, podía conversar conmigo con total confianza. Cuando se sentía deprimida, yo recurría a los principios de Dafa para ayudarla a cambiar su forma de pensar. Poco a poco, se volvió más optimista. A menudo lucía una sonrisa en el rostro y parecía más joven de lo que era. Un día, se encontró con una vieja amiga que, sorprendida, le preguntó: «¿Cómo es que te ves tan joven? ¿Acaso no has estado viviendo en casa de tu hijo?».

Justo cuando creía que ya no habría más malentendidos entre nosotras, ocurrió algo inesperado. Tuve un día muy ajetreado y, por la noche me di cuenta de que no encontraba mi bolso. Lo busqué por todas partes, ya que dentro llevaba mis llaves y documentos de identidad importantes. Estaba preocupada y ansiosa, así que le pregunté a mi esposo si lo había visto. Él respondió de forma cortante: «¿Quién sabe?».

No lograba recordar si lo había dejado fuera o si siquiera lo había traído conmigo al salir de casa. Le pregunté a mi hija si me había visto llevar el bolso cuando la llevé a la escuela esa mañana. Ella me confirmó que sí, porque habíamos hecho la compra.

Empecé a desesperarme y murmuré: «Ay, espero no haberlo perdido por ahí». Al ver que estaba alterada, mi hija dijo: «Le preguntaré a la abuela». Estaba acostumbrada a recurrir a su abuela cuando no encontraba sus cosas, ya que la abuela solía recoger lo que ella dejaba tirado. Rápidamente le dije: «No, no lo hagas. La abuela no va a saber dónde está».

No fui lo suficientemente rápida para evitar que saliera corriendo hacia la habitación de su abuela. Cuando llegué allí e intenté explicarle lo que había pasado, mi suegra respondió con frialdad: «¿Cómo voy a saber yo dónde está tu bolso?». Luego añadió: «Mira en la cama». Me acerqué rápidamente a la cama y encontré mi bolso debajo de la ropa doblada. Aliviada y contenta, le di las gracias por su ayuda.

Poco después, mi suegra salió de su habitación hecha una furia y dijo con enojo: «¿Así que enviaste a la niña a preguntarme? ¿Acaso crees que yo me llevé tu bolso?». Intenté explicarle de nuevo lo que había ocurrido, pero no quiso creerme. «Si hicieras algo así en el trabajo, estarías en un buen lío», sentenció.

Le di la razón y dije: «Tienes razón, en el trabajo no se deben hacer las cosas así. Pero somos familia. Además, yo no envié a la niña a preguntarte; ella lo hizo por su cuenta».

«¡Una niña no haría algo así si tú no la hubieras enviado!», exclamó, aún más enfurecida. En ese momento, mi esposo se levantó de su silla y le dijo a su madre: «¿Por qué te extiendes tanto? ¡Ella solo preguntaba dónde estaba su bolso!».

«¡¿Por qué no te preguntó a ti?!».

«¡Pues me preguntó! Pero no me dio la gana responder».

Yo seguí disculpándome con ella, tratando de aliviar la tensión. Finalmente, se retiró a su habitación. Respiré aliviada, pensando que todo había terminado.

A la mañana siguiente, después del desayuno, mientras me preparaba para llevar a nuestra hija a la escuela, mi suegra repitió todo lo que había dicho el día anterior. Incluso contó una anécdota sobre cómo su propia suegra solía acusar a su nuera menor de robarle dinero cuando vivían juntas. La nuera, enfurecida, llamó a varios familiares para que vinieran en plena noche a buscar el dinero. Al final, resultó que el dinero estaba en una rendija de la cama de la suegra. A partir de entonces, la relación entre ambas quedó muy deteriorada.

Contó la historia para dar a entender que yo no había gestionado bien el asunto y que eso podría poner en grave peligro nuestra relación. Le aseguré que no había sido más que un malentendido y le pedí que no le diera más vueltas.

Al escuchar a su madre insistir una y otra vez en el mismo tema, mi esposo perdió la paciencia y le gritó. Yo logré calmarlo y dije: «Mamá tiene razón; no lo manejé como debía». Consolé a mi suegra y le pedí disculpas sinceramente: «Mamá, es culpa mía. No fui organizada y perdí de vista mi bolso. Cuando vivía con mis padres, a menudo no encontraba mi bolso y tenía que pedirles ayuda para buscarlo. Mi madre siempre me ayudaba, pero mi padre no; él me regañaba y decía que era tan desorganizada que terminaría perdiendo un tercio de mi vida buscando cosas. Prometo que buscaré un lugar fijo para mi bolso y mi teléfono, y esto no volverá a ocurrir. Además, debí haber evitado que la niña te preguntara al respecto; debí ser más considerada. Me preocupaba sobre todo perder los documentos de identidad y las llaves, no el dinero, así que, por favor, no le des más vueltas».

Cuando terminé de hablar, ella parecía menos molesta y comentó: «Sí, eres bastante despistada». Le prometí que tendría más cuidado. Al ver que se había calmado, llevé a mi hija a la escuela para que no llegara tarde.

Pero el asunto no terminó ahí. Dos días después, mi suegra entró en la cocina mientras yo estaba cocinando y me dijo que iba al dentista. Sin darle mucha importancia, le respondí que le guardaría algo de comer para más tarde.

Al regresar, se mostró disgustada y contó que el dentista le había dicho que tendría que esperar dos meses para que le colocaran la dentadura postiza. Intenté consolarla y le pedí que tuviera paciencia. Ella respondió: «Necesito darme prisa. Puede que regrese a mi ciudad natal en unos días».

Esto me tomó por sorpresa, y fue entonces cuando me di cuenta de que ella seguía molesta por lo del bolso. Eso me preocupó, porque para entonces ya teníamos dos hijos y tanto mi esposo como yo trabajábamos, así que realmente necesitábamos su ayuda en casa.

Se me encogió el corazón. Durante todo este tiempo, aunque no estaba del todo tranquila, la situación no me había afectado demasiado, siempre y cuando creyera que ella me comprendía. En ese momento me sentí impotente y pensé: «Ella no paraba de decir que yo le había hecho daño, ¡pero fue ella quien me lo hizo a mí! ¿Por qué es tan difícil llevarse bien con ella?».

Empecé a hacer introspección y, a medida que me pregunté: «¿Por qué sucede esto? ¿Hay algo más que pueda hacer para mejorar la situación? ¿Acaso todavía guardo resentimiento hacia ella? ¿Realmente no quería discutir con ella, o solo buscaba salvar las apariencias y lucirme?». La respuesta fue que no estaba totalmente libre de rencores ni era completamente altruista.

Esta vez, quise disculparme con ella sin reservas. Me mostré humilde, sincera y considerada. Le dije: «Mamá, lamento haber sido tan despistada y poco confiable. Como te considero mi propia madre, instintivamente te pregunté por mi bolso. Por favor, perdóname». Ella sonrió y regresó a su habitación.

A la hora de la cena, me dijo con una sonrisa: «Soy una persona directa y digo lo que pienso. No dejes que mis palabras te molesten». Comprendí que empezaba a perdonarme, así que respondí: «Es bueno ser directa. Si algo te molesta, dímelo y podremos solucionarlo juntas. No te preocupes, no culpo a mi hija; ella actuó con buena intención al pedirte ayuda. ¿No te parece?». Pareció aceptar, finalmente, que fue decisión de la niña pedirle ayuda, y no mía. Desde aquel día, nunca más volvió a mencionar la idea de regresar a su casa. Después de eso, busqué un lugar específico para guardar mi bolso y nunca más lo perdí.

Al mirar atrás, me sorprendió haber reaccionado tan bien a pesar de estar siendo juzgada injustamente. Sin darme cuenta, el Fa me había ayudado a mejorar.

Me reí cuando mi suegro me acusó injustamente

Mi suegro era un hombre de carácter fuerte y muy obstinado; no había explicación capaz de hacerlo cambiar de opinión. Un día, él y yo llevamos a mi hija al hospital. Mientras esperábamos nuestro turno, él se sentó junto a la niña, y yo me senté cerca de un desconocido. Quise aclararle la verdad a esa persona, así que comencé preguntándole cuánto tiempo llevaba esperando. Me comentó que llevaba mucho tiempo allí —a pesar de que su esposa trabajaba como médica en el hospital— debido a la gran cantidad de niños enfermos. Su hijo y su madre estaban sentados detrás de él. Hablamos sobre la pandemia de COVID-19, y mencionó que Changchun era su ciudad natal. Le pregunté si sabía que fue allí donde se enseñó Falun Dafa por primera vez. Él respondió: «Sí, vivía muy cerca del Sr. Li Hongzhi. Muchos de mis compañeros de secundaria practicaban Falun Dafa, pero yo no». Seguí conversando con él y le ayudé a renunciar al PCCh y a sus organizaciones afiliadas. Después, él se dio la vuelta para hablar con su madre.

Unos días más tarde, durante una charla informal, mi suegro se enfadó de repente y dijo: «Cuando estábamos en el hospital, estuviste hablando mucho tiempo con un hombre. ¡Y luego vi que te abrazaba! ¡Eso es inaceptable!». Me miró con furia. No podía creer que mi suegro tuviera esa opinión de mí. Si no practicara Falun Dafa, habría volcado la mesa y discutido hasta conseguir que se disculpara.

En cambio, le expliqué con calma que el hombre se había dado la vuelta para hablar con su madre, no para abrazarme a mí.

Mi suegro no me creyó y me dirigió palabras duras. No le conté que había estado hablando con aquel hombre sobre Falun Dafa, ya que él cree firmemente en la propaganda del PCCh y jamás habría permitido que hablara de ello.

Mientras intentaba explicarle lo que había ocurrido en el hospital, no pude evitar reírme; toda la situación me parecía ridícula. Entonces, recordé las palabras de Shifu:

«Algunas personas te dicen que vas a matar y provocar un incendio, cuando lo escuchas, sientes que es realmente divertido. (Shifu ríe) ¿Cómo puede ser? Con una sonrisa ya pasa. No lo tomas en absoluto como un asunto, porque no tienes tal corazón, esta frase no te puede mover». («Enseñanza del Fa en el Fahui de San Francisco »)

Conociendo la clase de persona que era mi suegro, dejé de discutir. Aunque seguía sintiendo que se me había tratado injustamente, al menos externamente me mantuve en calma. Miré hacia mi interior y pensé que tal vez aún conservaba el apego a la lujuria.

A lo largo de los años, he sido objeto de injusticias por parte de mis suegros, mi esposo y mis superiores en el trabajo en muchas ocasiones. A veces sentí resentimiento, pero, en la mayoría de los casos, dejé ir ese resentimiento y seguí los principios de Falun Dafa.

Comencé a practicar Falun Dafa relativamente tarde y lo he hecho por mi cuenta. En ocasiones, sentí que no era lo suficientemente buena, e incluso llegué a pensar que era una persona terrible. Sin embargo, al revisar mis artículos de experiencias anteriores, siempre llegaba a la conclusión de que Falun Dafa me ha estado transformando y purificando continuamente.

¡Gracias, Falun Dafa! ¡Gracias, Shifu!

(Artículo seleccionado para el 23.º Fahui de China en Minghui.org)