(Minghui.org) En muchas prisiones de China se emplea el método de tortura del «banquito» para obligar a los practicantes de Falun Dafa encarcelados a renunciar a su fe. Sin embargo, la tortura del banquito en la Prisión de Mujeres de Shanghái era más cruel que en la mayoría de los centros penitenciarios: no solo se obligaba a las practicantes a permanecer sentadas en una postura que sometía al cuerpo a una tensión extrema durante largas horas, sino que, al mismo tiempo, debían soportar los maltratos infligidos por otras reclusas.

Yo misma sufrí esta tortura inhumana durante mi encarcelamiento allí, antes de 2016. El dolor era insoportable y las golpizas, brutales; llegué a sentir que la muerte sería preferible. Deseo relatar mi suplicio para exponer la persecución salvaje contra las practicantes de Falun Dafa en la Prisión de Mujeres de Shanghái.

Tortura inhumana

Se asignaba a seis reclusas, organizadas en dos turnos, para torturar a una practicante en una sala destinada a tal fin. Los guardias penitenciarios seleccionaban a las reclusas más crueles y depravadas —mujeres jóvenes o de mediana edad con antecedentes de delitos graves—. El banquito utilizado para la tortura tenía unos 20 centímetros de altura y otros 20 centímetros de diámetro, con un borde elevado. A las practicantes solo se les permitía sentarse sobre la mitad de la superficie del banquito, con las piernas flexionadas y extendidas hacia atrás, y los talones presionados firmemente contra las patas del asiento. Esto sometía a las rodillas, los tendones y los ligamentos de las practicantes a una tensión extrema. Permanecer en esta postura durante largas horas provocaba un dolor atroz y podía causar discapacidades, ya fueran temporales o permanentes. Qiu Minying, jefa de la Quinta División, fue quien ideó este método de tortura.

Tres reclusas se sentaban en sillas con respaldo alto, colocadas justo detrás, a la izquierda y a la derecha de la practicante. Las reclusas situadas a los lados extendían un pie para presionar los pies de la practicante, mientras que la que estaba detrás permanecía atenta para colocar, en cualquier momento, ambas manos sobre los hombros o la parte superior del cuerpo de la víctima. 

Las practicantes eran obligadas a permanecer inmóviles en esta postura tortuosa a diario, desde las 5:30 a. m. hasta las 10:30 p. m. —un total de 17 horas—, y a veces incluso hasta la medianoche. Debíamos mantener el torso erguido en todo momento. Los dedos debían permanecer rectos y fuertemente unidos entre sí, con el dorso de las manos presionado contra los muslos. Teníamos que mantener las rodillas y los pies firmemente juntos, sosteniendo un trozo de cartón entre las rodillas. Si el cartón se caía, la practicante era castigada: se le obligaba a copiar el reglamento de la prisión tras finalizar la tortura de estar sentada a medianoche, todo ello bajo la atenta mirada de cuatro reclusas que se turnaban para vigilarnos. A la mayoría de nosotras solo se nos permitía dormir dos o tres horas cada noche. A veces, apenas conciliábamos el sueño, las reclusas nos despertaban bruscamente a base de patadas y golpes.

Mientras nos veíamos obligadas a soportar esta dolorosa postura durante más de 17 horas, sufríamos un tormento cruel e incesante por parte de las reclusas; además, durante las comidas, nos obligaban a mirar un video que difamaba a Falun Dafa. Solo se nos concedían dos descansos diarios de cinco minutos para ir al baño, tiempo que incluía el trayecto de ida y vuelta hasta el orinal. Las comidas no ofrecían ningún respiro: comíamos sentadas en los taburetes, con la mirada fija en el video.

Mis padecimientos

Durante la tortura en el taburete, las dos reclusas situadas a mis lados sostenían cada una un objeto afilado, similar a un bolígrafo, y tenían a mano cajas rígidas. El agotamiento provocado por mantener esta postura hacía que, inevitablemente, mis dedos, rodillas y torso terminaran relajándose. Ante la más mínima señal de relajación en mis dedos, las reclusas me pinchaban violentamente el dorso de las manos con dichos objetos, mientras que la reclusa que estaba detrás de mí me pellizcaba la nuca y me tiraba del pelo con fuerza. Si mis rodillas cedían y el cartón se caía, las dos reclusas a mis lados golpeaban mis rodillas con brusquedad utilizando las cajas rígidas. La agonía era tan intensa que me provocaba sudores fríos y desmayos, a veces varias veces al día. 

Además, permanecer en esta posición sentada me provocaba dolor en las rodillas; un dolor que se intensificaba progresivamente hasta volverse insoportable, una verdadera agonía. Cuando el sufrimiento alcanzaba su punto máximo y sentía que mis rodillas estaban a punto de quebrarse, me veía obligada a estirar las piernas —aunque fuera solo por unos segundos—, aun sabiendo que eso desencadenaría una tortura atroz. De inmediato, las tres reclusas se abalanzaban sobre mí. Me propinaban golpes y pinchazos brutales en los órganos internos, amenazando con aplastarlos sin dejar rastro alguno de daño externo. Su violencia incluía pellizcarme todo el cuerpo, incluidos los senos. Con toda intención, pellizcaban y tiraban con fuerza de los tendones a ambos lados de mi cuello y bajo mis axilas, jactándose cruelmente de que los romperían y me dejarían con una discapacidad permanente.

Cada día, alrededor de las 4 o 5 de la tarde, cuando mi umbral de dolor llegaba a su límite, yo reaccionaba defendiéndome desesperadamente, sin importarme ya si vivía o moría. Qiu Minying ordenaba a varias reclusas que me levantaran en vilo y me arrojaran violentamente contra el suelo. Este trato brutal me hacía perder el conocimiento varias veces al día. Después, las reclusas me tiraban del cabello con violencia y me propinaban fuertes golpes en los riñones y la cabeza, y me pellizcaban los senos. Si gritaba de dolor, me metían un trapo inmundo en la boca.

Al regresar a mi celda por la noche, cuatro reclusas encargadas de vigilarme se turnaban para controlarme: debía permanecer sentada en silencio durante un periodo de entre media hora y una hora; luego, como castigo adicional, me obligaban a copiar el reglamento de la prisión hasta las 2 o 3 de la madrugada. Después, durante las dos horas y media o tres horas que lograba dormir, las reclusas me despertaban varias veces, ya fuera golpeándome, dándome patadas o arrancándome la manta en noches de frío glacial. Esto ocurría todas las noches.

Cada mañana, nada más despertarme, la reclusa jefa me daba un golpe en la cara fuerte, alegando que había interrumpido su sueño durante la noche. Siempre que intentaba frenar sus actos violentos, me tiraba de la cama y me metía un trapo inmundo en la boca. Con el tiempo, perdí todas mis muelas.

Debido a que me negué a renunciar a mi fe en Dafa —incluso tras ser sometida a la «tortura del banquito»—, las reclusas me torturaban en cuanto me empujaban dentro de la sala de torturas, sin importar la postura en la que me sentara. Ante la orden de «¡ya!» gritada por la reclusa jefa, todas se abalanzaban de inmediato sobre mí con una violencia extrema, golpeando mis órganos internos, pellizcando y tirando de mi cuerpo de forma frenética.

Todo mi cuerpo —incluyendo la cabeza, el cuello, la espalda, ambas axilas, los senos, la parte superior del torso, las rodillas, los pies y el dorso de las manos— estaba cubierto constantemente de hematomas y heridas abiertas que nunca llegaban a sanar. Mis pies, tobillos, rodillas, manos y dedos estaban tan hinchados que quedaron gravemente deformados. Cada día se sumaban nuevas lesiones a las anteriores. Como las reclusas me pellizcaban y retorcían las axilas con fuerza a diario, se formaron bultos del tamaño de un huevo que acabaron convirtiéndose en masas de tejido; aún persisten hoy, después de tantos años. También me pellizcaban la nuca, provocando que se hinchara y sangrara. Mi zona lumbar ha recibido tantos golpes que ya no puedo mantenerme erguida, y mis rodillas estaban tan inflamadas que me resultaba imposible caminar. Me arrancaron la mayor parte del cabello, dejando al descubierto zonas del cuero cabelludo. Debido a que permanecí sentada durante largos periodos, la piel de mis glúteos se infectó y desarrolló llagas que se adherían a mis pantalones. Las hemorroides alrededor del ano se inflamaron, se abrieron y sangraron, provocando un dolor insoportable al estar sentada. Incluso años después, las hemorroides seguían sangrando. Mucho tiempo después de mi liberación, mis rodillas permanecían tan sensibles que el más mínimo contacto me causaba dolor, lo que hacía que caminar fuera extremadamente difícil y doloroso.

Una guardia de prisiones, valiente y recta, denunció la tortura a la que fui sometida ante la Oficina de Administración Penitenciaria de Shanghái. Sin embargo, dicha Oficina ordenó a la prisión que resolviera el asunto internamente. Cuando una guardia de prisiones investigó el caso, quedó horrorizada al ver el estado en el que se encontraba mi cuerpo. Posteriormente, Qiu Minying tomó represalias contra mí sometiéndome a torturas aún más severas, mientras que la guardia que había actuado con rectitud fue reasignada a vigilar la puerta principal.

Mi sufrimiento no era más que la punta del iceberg de la cruel persecución contra las practicantes de Falun Dafa en la Prisión de Mujeres de Shanghái, una cárcel calificada -irónicamente- como «civilizada» por el Ministerio de Justicia de China. Las prisiones no son más que herramientas que utiliza el gobierno chino para reprimir a su propia población.