(Minghui.org) Me gustaría compartir algunas de mis experiencias tras más de 20 años de cultivación en Falun Dafa.

Creciendo bajo una sombra de miedo

Nací en la década de 1950. Mi padre trabajaba como funcionario público hasta que el Partido Comunista Chino (PCCh) lo etiquetó como "derechista" y lo envió a un campo de trabajos forzados cuando tenía 29 años. Yo tenía solo dos años y mi madre estaba embarazada de mi hermano menor. Durante el tiempo que mi padre pasó en el campo de trabajos forzados, mi madre y yo fuimos a vivir con mi abuelo materno en la ciudad de Chengde, provincia de Hebei. Para mantener a la familia, mi madre consiguió un empleo.

Antes de que terminara su condena en el campo de trabajos forzados, mi padre comentó: "En mi pueblo natal, la gente no tiene suficiente para comer". Por el simple hecho de haber dicho esto, las autoridades prolongaron su estancia en el campo. No volví a ver a mi padre hasta cinco años después. Fue por aquella época cuando nuestra familia fue enviada a una zona rural en las afueras de la provincia de Liaoning. Para reunir a la familia, mi madre renunció a su trabajo en la ciudad de Chengde.

Nuestra tranquila vida familiar no duró mucho. Poco después, mi padre fue etiquetado como "contrarrevolucionario" y sometido a sesiones de denuncia pública y golpizas. Marcados como "hijos de perro", mi hermano y yo vivíamos bajo una discriminación constante. En invierno, los compañeros de clase de mi hermano usaban ganchos de estufa —al rojo vivo tras calentarse en los braseros del aula— para quemar su ropa acolchada de algodón y su rostro, mientras decían: "A ver si así aprendes a portarte bien, pequeño granuja".

Mi abuelo paterno fue etiquetado como "terrateniente" durante el Movimiento de las "Cuatro Limpiezas" [la campaña contra los terratenientes y los enemigos de clase]. La familia fue desalojada de su vivienda y obligada a residir en una pequeña casa de adobe de menos de 10 metros cuadrados. Cuando comenzó la Revolución Cultural en 1966, la familia de mi abuelo volvió a ser blanco de persecución. Mi abuelo y otras personas etiquetadas de igual manera sufrían golpizas a diario. Finalmente, mi abuelo falleció a consecuencia de estos abusos. 

Mi abuelo materno era dueño de una fábrica en Chengde antes de la fundación de la República Popular China. Tras la toma del poder por parte del Partido Comunista, se vio obligado a entregar su fábrica al Estado. Aunque ya tenía más de setenta años, fue sometido a sesiones diarias de denuncia pública y golpizas durante la Revolución Cultural, mientras seguía trabajando en una fábrica lavando telas impermeables. Finalmente cayó enfermo, y mi madre se llevó a mi hermano menor para cuidarlo, dejándonos atrás a mi padre y a mí.

Durante aquellos años, mi padre se veía obligado a asistir a sesiones de denuncia pública y golpizas casi todas las noches. Por miedo a quedarme solo en casa, a menudo lo acompañaba a dichas sesiones. Veía a siete u ocho personas arrodilladas sobre un banco de apenas unos centímetros de ancho, azotadas con látigos de cuero y cinturones. Otras víctimas sufrían agresiones físicas directas. A quienes se desplomaban se les ordenaba volver a subir y arrodillarse de nuevo en el banco, con los rostros hinchados a causa de los malos tratos.

¡Cuánto deseaba que alguien nos ayudara a mi padre y a mí! Pero nadie se atrevía. Extrañaba profundamente a mi madre y esperaba que ella y mi hermano regresaran pronto. ¡Corría hacia el camino que mi madre había tomado al dejar la aldea, aguardando desesperadamente su regreso cada día!

Un día, contraje una forma grave de paperas. Me salió un bulto del tamaño de un bollo al vapor alrededor de la mandíbula, lo que me obligaba a sostenerlo con las manos cada vez que caminaba. Cuando mi padre pidió permiso al jefe de su equipo para llevarme al médico, este no solo se negó, sino que dijo: «Sería más fácil si la mocosa se muriera». Cuando el dolor se volvió insoportable, mi padre me llevó consigo a ver al jefe del equipo. Al ver la gravedad de mi enfermedad, el jefe finalmente accedió. En el hospital comunitario, un médico obeso de apellido Tong nos dijo que debía hacerme una pequeña incisión para drenar el pus y la sangre. Sin embargo, debido a mi condición de «bastarda», solo podían operarme sin anestesia. Mi padre me sujetaba mientras yo gritaba de dolor, llorando él también.

Por aquel entonces yo cursaba la escuela primaria, y el equipo de trabajo venía a verme casi a diario para instarme a denunciar a mi padre. Yo les decía: «Mi padre solo me decía que estudiara mucho. No hizo ningún comentario contrarrevolucionario». Mi negativa tuvo como consecuencia una suspensión escolar de tres meses.

Hacia el verano de 1976, un tío del pueblo —incapaz de soportar la prolongada denuncia pública y las torturas, sumadas a la declaración de su hija de que rompía todo vínculo con él— se suicidó ingiriendo alumbre.

Este suceso despertó en mí un nuevo temor a perder a mi padre, por lo que lo vigilaba atentamente. Un día, poco después de la muerte del tío Li, mi padre molió un saco de sorgo y otro de harina de maíz. Me dijo: «Cuando haga calor, deja los sacos de grano destapados para evitar que el grano se llene de moho o de insectos».

Una noche, me desperté y descubrí que mi padre había desaparecido. Sin hacer caso de mi miedo a la oscuridad, corrí desesperadamente hacia la curva del río. En una arboleda, vi a mi padre a punto de ahorcarse con una cuerda. Corrí hacia él y lo abracé, llorando: «¡Papá, no puedes morir! ¡No puedo vivir sin ti!». Mi padre me apartó de una patada y dijo: «Por favor, déjame irme. Ya no aguanto más».

Me levanté apresuradamente y abracé las piernas de mi padre, suplicando: «Papá, si mañana hay otra sesión, deja que me peguen a mí. ¡Yo recibiré los golpes por ti! ¡Papá, tengo miedo! ¡Quiero volver a casa!».

Como yo gritaba tan fuerte, mi padre se asustó. Si el equipo de producción se enteraba de su intento de suicidio, lo castigarían con mayor severidad. Ante mis súplicas, mi padre desistió de su intento de suicidio y me llevó a casa. Solo entonces comprendí que mi padre había preparado los dos sacos de grano para que yo pudiera sobrevivir al periodo posterior a su muerte. A pesar de la tortura continua, mi padre siguió viviendo por mi bien.

Mi abuelo materno finalmente sucumbió al cáncer y falleció. Mi madre y mi hermano menor regresaron a casa desde Chengde tras ocuparse del funeral de mi abuelo.

En resumen, pasé mi infancia, adolescencia y juventud bajo el yugo de la tiranía del PCCh.

En 1980, el régimen del PCCh consideró a mi padre «rehabilitado» y le retiró la etiqueta de «derechista». A ojos de sus compatriotas, el PCCh había corregido su error. Pero ¿podían compensarse años de sufrimiento simplemente con la palabra «rehabilitación»? Tras haber pasado la mitad de su vida perseguido bajo la tiranía del PCCh, la tortura pasó factura a la salud de mi padre. Desarrolló cáncer de estómago y apenas sobrevivió más allá de 1985; falleció a los 62 años.

Recuperación de la salud física y mental tras practicar Falun Dafa

La tortura sistemática, tanto mental como física, a la que el PCCh sometió a mi padre me causó un grave trauma psicológico. Empecé a sufrir convulsiones frecuentes, que no mejoraron ni siquiera después de casarme. Con el tiempo, desarrollé aún más enfermedades, lo que agravó mi sufrimiento.

En 1997, conocí Falun Dafa (también conocido como Falun Gong). Falun Dafa purificó mi cuerpo y curó todas mis dolencias. Desde entonces, juré cultivar firmemente y seguir a Shifu hasta el final, sin importar las dificultades que enfrentara.

Brutalmente torturada por la policía

Cuando el PCCh comenzó a perseguir a Falun Dafa en julio de 1999, fui detenida en Beijing mientras intentaba apelar contra la persecución. Posteriormente fui liberada. En octubre de 2000, fui arrestada de nuevo por la policía y llevada a una oficina de seguridad política del condado. Allí, los agentes dijeron: "Conocemos tu situación. Será mejor que confieses". Querían que revelara la identidad de mis compañeros practicantes. Al negarme a responder, me arrancaron el abrigo, me obligaron a arrodillarme en el suelo y me inmovilizaron. Dos agentes me pisaron la parte posterior de los pies mientras me proferían insultos.

Al poco tiempo, me ataron con una cuerda, apretándome el cuello con tanta fuerza que apenas podía respirar. Aún conservo un gran bulto en el cuello a consecuencia de este incidente. Luego, tirando de mi cabello, golpearon mi cabeza contra la pared. El dolor fue tan intenso que perdí el conocimiento. Más tarde escuché voces gritándome, pero no podía abrir los ojos. Entonces alguien gritó: "¡Échenle agua!". Al recuperar el sentido, me di cuenta de que no podía incorporarme debido al dolor. Tenía la cabeza llena de bultos del tamaño de un huevo y sentía la mente confusa y pesada. Los policías me patearon los pechos con sus zapatos de cuero hasta que perdí el conocimiento nuevamente. Al despertar, sentí como si me hubiera hecho mis necesidades encima. Pedí ir al baño, pero los policías se negaron, diciendo que no me permitirían ir aunque se me salieran los intestinos. A pesar de tener casi 50 años, la policía me golpeó durante más de ocho horas.

Alrededor de las 2 de la madrugada, varios policías me arrastraron hasta una celda del centro de detención. Sufrí calambres en las piernas durante el resto de la noche, hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, la policía me sacó de la celda para interrogarme de nuevo. Seis policías me golpearon. Al negarme a decir nada, procedieron a dislocarme el hombro. Soporté el dolor insoportable y permanecí en silencio. Luego me devolvieron a la celda del centro de detención. 

Al tercer día, me sacaron a rastras a las ocho de la mañana. Alegando que lo hacían por mi propio bien, me dijeron: «Si dices el nombre de otro practicante, te dejaremos volver a casa». El dolor era tan intenso que apenas lograba mantener la conciencia, pero aun así me negué a pronunciar palabra.

Al cuarto día, me llevaron a una sala donde vi a mi familia. El jefe de la brigada nos dijo que disponíamos de media hora; mi hermana menor me abrazó y rompió a llorar. Mi tío, que tenía más de setenta años, dijo: «¡Diles simplemente lo que quieran oír! Ningún ser humano podría sobrevivir a esta tortura». Mi hermano tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas; me tendió las manos y dijo: «Hermana, llevamos años preocupados por ti. ¿Cómo vamos a seguir adelante si nos dejas?». Entonces, mi hermana se arrodilló a mis pies y me suplicó que cediera.

Tenía el corazón destrozado. A pesar de sus actos malvados, el PCCh permanecía intocable. En cambio, mis seres queridos se veían obligados a plegarse a los caprichos del PCCh y solo podían intentar convencerme de que acatara sus deseos. Solo una entidad malvada obligaría a su pueblo a elegir entre familia y fe. Conteniendo las lágrimas, les dije que regresaran a casa sin mí.

A las 8 de la mañana del quinto día, los policías me sacaron de la celda y me golpearon. Sin embargo, al ver que seguía resistiéndome a sus exigencias, cambiaron de táctica y empezaron a intentar convencerme para que cediera. "¿Has visto a tu Maestro? ¿Para qué te molestas? Tenemos que hacer lo que Jiang Zemin nos ordene". "Cuando tu Maestro sea presidente de este país, estoy seguro de que te nombrarán primera ministra". Respondí: "A los practicantes no nos interesa el poder terrenal".

Entonces les expliqué por qué Jiang Zemin estaba tan empeñado en perseguir a Falun Dafa, cómo se practica Falun Dafa en todo el mundo y cómo cuenta con el apoyo de gobiernos de diversos países. Les hablé del sufrimiento que viví durante la Revolución Cultural y de cómo los Fo descendían a la Tierra en épocas concretas para salvar a las personas. También dije: "Cada uno de nosotros es capaz de pensar por sí mismo. Si Falun Dafa fuera realmente algo malo, ¿acaso requeriría una campaña de propaganda y unos recursos tan enormes para difamar la práctica? Jiang Zemin planeaba erradicar Falun Dafa en tres meses; sin embargo, ¿por qué hay cada vez más practicantes? Falun Dafa trasciende fronteras nacionales, razas, culturas e idiomas, y ya ha sido reconocido por practicantes de todo el mundo. Para protegerse a sí mismos y a sus familias, ¡por favor, traten a Dafa con amabilidad!". Mis interrogadores, desconcertados y sin palabras, me ayudaron a regresar al centro de detención. Mientras recorríamos el largo pasillo, otros detenidos se reunieron y me observaron con gran admiración. Algunos incluso me hicieron el gesto de pulgar hacia arriba y dijeron: "¡Tu Shifu es verdaderamente grandioso!".

El sexto día, los policías me llevaron a una sala del centro de detención. Uno de ellos dijo: "Sin duda te condenarán a prisión. Serás una anciana cuando salgas en libertad. ¿No puedes decir algo para salvarte?". Otro añadió: "No nos guardes rencor aunque te hayamos golpeado. Si nos hubieras dado la información que queríamos, no te habríamos pegado". Me levanté para irme, pero casi me caigo debido a las heridas. Una vez de vuelta en la celda, me resultó imposible ponerme en pie. Otras practicantes cuidaban de mí, mientras que mis compañeras de celda me pasaban fideos instantáneos y manzanas a través de los barrotes, comentando lo bueno y maravilloso que es Falun Dafa. Lamentablemente, me resultaba imposible comer nada.

Poco más de un mes después, me llevaron al quinto piso del edificio de la División de Seguridad Nacional del condado. Un dirigente de la Oficina 610 de la ciudad entró en la sala, acompañado por varias personas más. Sin decir palabra, me llevó los brazos hacia atrás y me los esposó en diagonal a través de la espalda. Luego, introdujo una botella de cerveza en el hueco entre mis brazos y la espalda para tensar las esposas. Dijo con ferocidad: «Ni siquiera la persona más dura aguanta una hora. En dos horas, uno queda lisiado. Este castigo arrancaría una confesión incluso al asesino más notorio». Más tarde añadió: «Hemos estado ocupándonos de ti hasta altas horas de la madrugada, sin poder irnos a casa. ¿Qué pretendes conseguir?».

También me golpearon y patearon repetidamente. Tras una hora de abusos, mis brazos y manos estaban hinchados, calientes y entumecidos. Entonces, el dirigente me apretó las manos con fuerza. El dolor era tan intenso que sentía como si me estuvieran aplastando los huesos. El sudor me corría por el rostro y empecé a vomitar. En ese momento, recordé las enseñanzas de Shifu:

« lo que yo quiero son discípulos que practiquen la cultivación de una manera recta y noble, seres divinos majestuosos que sean inquebrantables». (Eliminen la interferencia, Escrituras esenciaes para mayor avance II)

Me dije a mi misma que jamás cedería

Al cabo de un rato, el lider se acercó. Mientras me tiraba del pelo hacia atrás con una mano, usó la otra para forzar mi barbilla hacia abajo, diciendo con malicia: «Llevo más de 20 años ocupándome de casos. Cualquier delincuente acaba hablando conmigo. No creo que tú no lo hagas». Permanecí en silencio durante las siguientes tres horas y diez minutos. Finalmente, cuando me quitaron las esposas para ir a almorzar, perdí el conocimiento. El lider me echó agua fría para despertarme, a pesar del frío intenso que hacía. Luego preguntó: «¿Recitaste las escrituras de tu Maestro (para superar la sesión)?». Respondí: «Sí». Les dijo a los otros oficiales con escepticismo: «Ella tiene los brazos largos. No los estiramos hasta el límite».

Tres días después, me sacaron de nuevo de la celda. El jefe de la Oficina 610 hizo que comparecieran ante mí dos personas desconocidas y dijo: «Aquí están todas las figuras importantes de la ciudad y del condado. ¿Vas a acatar las órdenes?». Yo sufría un dolor de cabeza terrible y náuseas. Justo cuando estaba a punto de vomitar, perdí el conocimiento. Al darse cuenta de que me habían causado lesiones tan graves que no pasaría el examen médico requerido para ingresar en una prisión o en un campo de trabajos forzados, la policía extorsionó a mi familia exigiéndole 10.000 yuanes a cambio de mi liberación.

Las lesiones sufridas durante la última sesión de tortura me dejaron incapacitada para valerme por mí misma durante los tres años siguientes. Necesitaba ayuda para todo, como lavarme la cara, peinarme y vestirme.

Enviar pensamientos rectos y recitar las enseñanzas para contrarrestar el lavado de cerebro

En 2010, fui arrestada nuevamente e interrogada en una estación de policía de la ciudad. Mantuve la calma, la lucidez y la valentía, pues sabía que Shifu estaba a mi lado. Me negué a firmar nada y, en su lugar, hablé a mis interrogadores sobre Falun Dafa. Dije: "No firmaré absolutamente nada". Un policía replicó: "Si no firmas tú, lo firmaré yo por ti". Le dije: "Hijo, nuestro encuentro estaba predestinado. Sin esta oportunidad, habríamos seguido siendo desconocidos. Falun Dafa es la Ley del universo. Sin Dafa, ni siquiera la Tierra existiría. Tu profesión conlleva la responsabilidad de defender la rectitud, así que debes ser una buena persona. Si realmente quieres firmar por mí, escribe simplemente: 'Falun Dafa es bueno'. Eso beneficiará a tu descendencia". El policía escuchó mi consejo y escribió "Falun Dafa es bueno" en el papel. En ese momento, me conmoví hasta las lágrimas.

Unos días después, me enviaron al Campo de Trabajos Forzados de Masanjia. Durante todo el trayecto, grité: "¡Falun Dafa es bueno! ¡Falun Dafa es el Fa del universo!".

Al llegar al Campo de Trabajos Forzados de Masanjia, los guardias asignaron a dos personas para que me acompañaran las 24 horas del día, con la esperanza de persuadirme para que cambiara de opinión. También enviaron a varias expracticantes que habían renunciado a Falun Dafa para que estuvieran conmigo. Al descubrir que estas expracticantes ni siquiera podían recitar la enseñanza de Shifu "Lunyu", me propuse enseñársela, logrando completar la tarea en 10 días. Más tarde, los guardias enviaron a otras personas de distintas ciudades para que estuvieran conmigo, con la esperanza de hacerme cambiar de opinión. Sin embargo, gracias a mis firmes pensamientos rectos, sus esfuerzos fueron en vano.

Pasé un año en Masanjia antes de ser liberada; durante ese tiempo, enviaba continuamente pensamientos rectos y recitaba de memoria las enseñanzas de Shifu, como "Posición" y "Lunyu".

Aprovechar cada oportunidad para aclarar la verdad

Suelo acompañar a mi hija y a mis nietos en sus viajes de vacaciones de verano e invierno, aclarando los hechos sobre la persecución a Falun Dafa dondequiera que voy. En una ocasión, viajaba en avión sentada junto a un joven. Aunque quería aclararle los hechos, sabía que corría el riesgo de que me denunciara a las autoridades. Pensé para mis adentros: "Una vez que bajemos del avión, no tendré otra oportunidad. Soy una discípula de Dafa del periodo de rectificación del Fa, con la misión de aclarar la verdad y salvar vidas. Debo actuar en consecuencia". Procedí a aclararle la verdad a aquel joven, y él accedió a renunciar al PCCh y a sus organizaciones afiliadas.

En otra ocasión, participé en las gestiones para rescatar al hijo de un compañero practicante, quien había sido detenido ilegalmente y privado de su derecho a recibir visitas. Llevamos materiales de aclaración de la verdad y acudimos al departamento de policía de la ciudad para presentar una reclamación. El funcionario que nos atendió leyó los materiales y luego pasó los folletos al joven que estaba a su lado. Este preguntó: "¿De dónde han sacado esto?". Yo respondí: "Recibir esto es una bendición. Lo entenderán cuando los lean. Les asegurarán un futuro brillante". Mi deseo sincero de ayudar a todos los seres conscientes conmovió al funcionario, quien me dijo: "Tome un taxi hasta la oficina de administración penitenciaria y dígales que tiene permiso para realizar la visita".

Una vez fui al Tribunal Popular Intermedio para ayudar a rescatar a un compañero practicante. Sentí algo de miedo cuando tuve que entregar mi documento de identidad para el registro, pero me armé de valor pensando que Shifu y Dafa estarían siempre a mi lado. Tras entrar, me reuní con los dos jueces y les hablé de Falun Dafa. Al principio, giraron sus sillas y apartaron la vista, intentando ignorarme. Cuando continué hablando, uno de los jueces se levantó y salió al pasillo para evitarme. Fui tras él y logré convencerlo de que cambiara de opinión. También convencí al otro juez sobre la bondad de Falun Dafa. Finalmente, uno de ellos me informó que el compañero practicante por el que preguntaba estaba camino a la prisión y que podría alcanzarlo si tomaba un taxi. Sabía que difícilmente volvería a tener motivos para visitar el Tribunal Popular Intermedio, así que aproveché para pedirles que renunciaran al PCCh. Dije: «Mi mayor deseo es que usted se salve. No quiero que ninguno de los dos se separe con remordimientos». Después de hablar sobre «renunciar al PCCh y a sus organizaciones afiliadas», el juez se acercó desde su gran escritorio, me estrechó la mano y dijo: «Gracias, hermana mayor». Me sentí profundamente conmovida. Finalmente, ambos jueces acordaron no firmar más casos relacionados con Falun Dafa, y les ayudé a renunciar al PCCh.

Más tarde, ya sin estar paralizada por el miedo, visité otras ciudades para ayudar a rescatar a otros practicantes de Falun Dafa.

Durante más de 20 años, Dafa me ha guiado para superar pruebas y tribulaciones. Ahora tengo más de 70 años. Mi hija y yo recorremos con firmeza el camino de cultivación dispuesto por Falun Dafa, saliendo casi a diario para aclarar la verdad a la gente. Al mirar atrás, las palabras no bastan para expresar mi gratitud. A lo largo de los años, los artículos de intercambio de experiencias compartidos por compañeros practicantes han ayudado a guiar mi camino. Hoy, yo también quisiera compartir mi historia de cultivación con mis compañeros practicantes, con la esperanza de que podamos seguir mejorando y cultivándonos juntos.