(Minghui.org) Tras cultivar Falun Dafa durante más de 20 años, he mejorado muchísimo tanto física como mentalmente. Como persona renovada, me gustaría compartir algunas de mis experiencias y expresar mi gratitud a Shifu.
Años amargos
Cuando era pequeña, como mi padre era un «intelectual apestoso» (término discriminatorio impuesto a los intelectuales durante la Revolución Cultural) y mi madre una «terrateniente rica», toda nuestra familia fue deportada a una remota aldea rural. Pasé una infancia amarga y opresiva en ese valle montañoso, pobre y aislado. Perdimos a dos seres queridos en ese duro entorno de vida. Mi abuela materna murió después de que el hospital se negara a atenderla, y mi hermana menor murió por una sobredosis de medicamentos en el hospital del pueblo. Mi madre fue empujada por un barranco por un vecino durante una disputa por una parcela de tierra. Sobrevivió, pero quedó sumida en enfermedades. Mi hermano y yo crecimos desnutridos desde pequeños. Mi padre, un erudito que tenía poca experiencia viviendo en el campo, a veces cazaba gatos monteses y ratas para complementar la dieta familiar. Nuestra familia sufrió tanto que, incluso después de mudarnos a la ciudad mucho más tarde, me gané la fama de ser una frágil y delicada «Lin Daiyu» (un personaje de la literatura china conocido por su delicada salud).
Débil y lastimosamente delgada, los niños del pueblo me pusieron el apodo de «ramita escuálida». Mi padre se preocupaba por mi mala salud y solía decir que un viento fuerte podría llevarse volando a su hija mayor. Caminar incluso distancias cortas me agotaba y me provocaba dolores de estómago. Ni siquiera podía sujetar bien el manillar de mi bicicleta y a menudo me caía. Las comidas ligeramente grasas me provocaban diarrea, y padecía muchas otras dolencias menores, como migrañas, sinusitis, artritis y neurastenia. Cuando empecé a trabajar, comencé a buscar tratamiento tanto con médicos occidentales como con especialistas en medicina tradicional china. Los frascos de medicina occidental y los numerosos cuencos de remedios tradicionales chinos no mejoraron en nada mi salud. Me sentía constantemente somnolienta y la vida me parecía sin sentido. Poco después de empezar a trabajar, un superior vino a inspeccionar las instalaciones, me vio y le preguntó a nuestro jefe de departamento: «¿Esta joven está gravemente enferma? ¿Por qué está tan delgada? Llévala al médico».
Después de casarme, sufrí dos abortos espontáneos. Durante mi tercer embarazo, pasé casi todos los días en la cama intentando salvar a mi bebé, pero no sirvió de nada y lo perdí. Con esta desgracia, empecé a reconocer la fría realidad de mi destino. Comencé a vivir con un miedo constante, temiendo sentir la felicidad, que tarde o temprano me sería arrebatada por la desgracia.
Distante, arrogante y obstinada, no temía criticar a los demás con mi lengua afilada. Sin embargo, también era propensa a los ataques de melancolía, caprichos y lágrimas. Al final, nadie se atrevía a acercarse a mí ni a ofenderme.
Como funcionaria, mi trabajo me ponía en contacto con frecuencia con empresarios. Solía tratar a mis clientes adinerados de forma grosera y agresiva, ya que creía que eran moralmente corruptos. Miraba con desdén a mis clientes pobres, creyendo que eran capaces de abandonar su dignidad y decencia humana por ganancias insignificantes. Desafiante con mis superiores y tratando a mis colegas con desdén, me involucraba en largas discusiones cada vez que teníamos desacuerdos. Me distancié de los familiares de mi marido, considerándolos poco refinados y dispuestos a aprovecharse de los demás. Incluso encontraba molestos a mis propios familiares y evitaba cualquier interacción con ellos. Tachada de «poco convencional» (un término local con connotaciones despectivas) por quienes me rodeaban, era una persona infeliz que no lograba llevar felicidad a los demás.
Renacer tras obtener Dafa
En 1997, mis padres buscaron a muchos maestros de qigong en un intento por obtener ayuda médica para mi hermana menor, que padecía una enfermedad terminal. Mi madre acabó conociendo Falun Dafa y es practicante desde entonces. Aunque leía los libros de Falun Dafa con ella, las enseñanzas no me llegaban hasta que tuve un encuentro concreto un año después.
En 1998, mis padres acudieron a consultar a un famoso maestro de qigong de la zona. Muchas personas de otras partes de China acudían a él en busca de tratamiento, entre ellas algunos funcionarios provinciales y ministeriales. Debido a su fama, cobraba honorarios extremadamente elevados. Fuimos a verlo con mi hermana menor para consultarle sobre su mal estado de salud. Sin embargo, nada más ponerme los ojos encima, el maestro de qigong insistió en tratarme, diciendo que me enfrentaría a muchos peligros en el futuro. Me llevó a un trastero de su casa, me miró con mala intención y declaró que mi salud sería peor que la de mi hermana. Me aconsejó que aprendiera de él y bebiera más alcohol, cuanto más, mejor. Sabía que tenía segundas intenciones y, en ese momento, de repente pensé en el maestro Li Hongzhi. Dije en mi corazón: «Shifu, lo siento. Aún no soy tu discípula, pero sin duda lo seré en el futuro. No quiero nada de esta persona. ¡Por favor, ayúdame!». Tras pasar este pensamiento por mi mente, el maestro de qigong se desinfló al instante como un globo pinchado, desplomándose en una silla cubierto de sudor frío. Llamó apresuradamente a su familia: «Estoy agotado. ¡Prepárenme rápido un plato de fideos y saquen a esta persona de aquí!». Luego le gritó a mi padre: «¡No eres sincero! ¿Por qué has traído a esta persona aquí? ¡Fuera de aquí ahora mismo!».
Al volver a casa, sostuve el libro de Dafa en mis manos, me puse frente a la foto de Shifu y dije: «Shifu, quiero comenzar formalmente a aprender Dafa». Estaba segura de mi destino de convertirme en discípula de Dafa, y me embarqué con determinación en mi camino de cultivación.
Poco después, mi salud comenzó a mejorar. Esta «Lin Daiyu» se transformó en una persona completamente nueva: sana, optimista, alegre, tranquila, amable y dispuesta a ayudar a los demás.
Ahora cocino para tres hogares: el de mi suegra, el de mis padres y el mío propio. Lo hago con alegría y sin quejarme. Ato con gusto los cordones de los zapatos de mi cuñada y recojo los pañuelos de papel sucios que deshecha el marido enfermo de mi cuñada. He limpiado las heces de un practicante enfermo y me he comido los fideos que sobraban del plato de un practicante anciano. Antes de cultivarme en Dafa, era una germofóbica. Pero después de practicar, hacer esas cosas por los demás se ha convertido en algo natural para mí. Mi transformación ha asombrado a quienes me rodean.
En el pasado, evitaba comer comida grasienta por miedo a no llegar a tiempo al baño, pero ahora mi cuerpo es capaz de digerir cualquier tipo de comida. Solía temer al frío, pero descubrí que era capaz de aclarar la verdad durante horas y horas al aire libre en pleno invierno. Solía temer al sol debido a mi piel clara, pero ahora puedo estar bajo la luz del sol con total comodidad.
Una vez acababa de subir a un autobús cuando un anciano se desmayó y cayó hacia atrás. Aunque el autobús iba lleno, la gente se apartó instintivamente de él. En cambio, yo extendí la mano para sujetarlo. Otra persona de buen corazón lo agarró por la ropa desde delante, evitando que cayera más. El anciano, que era alto, pesaba bastante, pero aun así pude sostenerlo por detrás, algo que habría sido absolutamente imposible para mí en el pasado. A veces, al aclarar la verdad en la calle, me he encontrado con mujeres y abuelas que se esforzaban por subir o bajar sus pesados carritos del autobús. He podido ayudarlas a levantar sus cargas con facilidad.
A lo largo de la pandemia de COVID-19, cuando decenas de personas se infectaron con el virus, mi familia se mantuvo sana y a salvo. Mi hijo dijo: «Gracias, mamá, por practicar Falun Gong. El virus no puede penetrar esta barrera protectora positiva».
Renunciar al control financiero
En la mayoría de las familias chinas, la esposa lleva las riendas del dinero y gestiona unilateralmente los ingresos del hogar. Mi amable y honesto marido nunca discutía conmigo por el dinero y me dejaba gestionar nuestros ingresos conjuntos sin objeciones. Durante años, fui yo quien tomaba las decisiones. Cuando mi marido gastaba ocasionalmente dinero en su madre o en sus familiares, yo sentía cierta reticencia y molestia, lo que le hacía sentir incómodo delante de sus familiares.
Falun Dafa me hizo darme cuenta de que mi actitud dominante iba en contra de la cultura tradicional y provenía de la cultura desviada fomentada por el PCCh. Le dije a mi marido: «No se me da bien administrar el dinero; adminístralo tú». Aunque se quedó desconcertado, aceptó con vacilación. Le expliqué la situación financiera de nuestra familia y transferí una gran parte de nuestros ahorros conjuntos a su cuenta, para que pudiera gastar con más libertad y mantener a los mayores de su familia. Empecé a recordarle antes de las ocasiones habituales o especiales que tendría que gastar dinero en su familia. Ahora gestiono las cosas directamente con su consentimiento, gastando generosamente en su abuela, su madre, sus tíos, sus tías, sus primos y otros familiares. La persona desconfiada y codiciosa que era antes nunca habría cedido el control de las finanzas de nuestra familia. Ahora nuestras finanzas domésticas son transparentes para ambos, y ninguno de los dos ve la necesidad de acumular nuestro propio «fondo secreto personal» de ahorros.
Una vez, la empresa de mi marido organizó una fiesta. Para animar a los familiares a asistir, la empresa ofrecía regalos en forma de dinero. Mi marido, como era de esperar, lo rechazó sin siquiera consultarme. Me lo comentó en una conversación informal y me dijo: «Les dije que mi mujer rechazaría la invitación sin lugar a dudas. Ni siquiera 100 000 yuanes la harían cambiar de opinión». ¡Me sorprendió lo bien que valoraba mi carácter y mi actitud hacia el dinero!
Cuando se difundieron rumores de que los practicantes de Falun Dafa recibían financiación de particulares o países, mi marido los desmintió rotundamente porque sabía que los practicantes nunca aceptarían dinero de otros. Siempre que necesitaba gastar dinero en proyectos de Falun Dafa, él nunca se oponía y, a veces, incluso me ayudaba a comprar los materiales. En un momento dado, tenía varios teléfonos móviles para poder enviar mensajes de voz y salvar a la gente. Él nunca se opuso, aunque mi factura mensual de teléfono ascendía a uno o dos mil yuanes. A veces ayudaba a compañeros practicantes con dificultades económicas a comprar tarjetas telefónicas, gastando dinero adicional. Consideraba que todo lo que ganaba era un recurso para Dafa, que se utilizaba mejor en proyectos para salvar a la gente. No lo considero un sacrificio personal, ya que esto era originalmente un regalo de Shifu.
En realidad, mi familia no gana mucho, y no llevo la cuenta de nuestros ahorros. Pero para un cultivador, tenemos suficiente.
El coraje otorgado por Shifu
Mi madre, tildada de «terrateniente rica», y mi padre, tildado de «intelectual apestoso», sufrieron mucho bajo el régimen del PCCh. Aprendí a protegerme desde muy joven. Aprendí a ser discreta, a estar constantemente atenta al peligro, y tenía un lado débil y tímido.
Después de que el PCCh comenzara a perseguir a Falun Dafa, tanto conocidos como desconocidos reaccionaban negativamente con solo mencionar Falun Dafa: «Todavía se atreven a practicarlo. ¡Han abandonado a sus familias y no les importa la vida!». Practicar Falun Dafa bajo una persecución activa requiere mucho valor.
La primera vez que salí de casa para distribuir materiales de aclaración de la verdad, tenía la impresión de que todo el mundo me miraba. Mi corazón latía con fuerza por los nervios cuando me aventuré por primera vez a las calles para aclarar la verdad. Me temblaban las manos la primera vez que envié mensajes de aclaración de la verdad desde mi teléfono. Temía que me escucharan los que me rodeaban la primera vez que hice una llamada telefónica para aclarar la verdad. Me manché toda la cara y la ropa de tinta durante mi primer intento de imprimir materiales de aclaración de la verdad. Incapaces de aceptar la realidad de la violencia contra los practicantes, una compañera practicante y yo lloramos mientras colocábamos carteles que denunciaban el crimen del PCCh de sustraer órganos de practicantes de Falun Dafa vivos. Por mucho miedo que tuviéramos, teníamos que seguir adelante y superarlo.
Una compañera practicante fue hospitalizada una vez debido a yeli de enfermedad. Tomé sus teléfonos móviles y activé la secuencia de llamadas automáticas y las grabaciones que aclararían la verdad a los seres conscientes. Mientras esperaba el autobús, saqué los teléfonos para comprobar su estado y seleccionar una nueva lista de números de teléfono. Cuando levanté la vista, vi un coche de policía justo delante de mí. El policía me miró fijamente a mí y al teléfono que tenía en la mano. Le eché un vistazo con calma, antes de bajar la cabeza para seguir manipulando mi teléfono. El coche de policía se alejó cuando cambió el semáforo, y entonces tuve un repentino momento de ansiedad. Me tranquilicé a un lado de la calle antes de seguir caminando. ¡Shifu debió de haberme dado el valor para mantener mi corazón imperturbable en ese momento!
En 2015, unos compañeros practicantes y yo presentamos una denuncia penal contra Jiang Zemin, exlíder del PCCh, utilizando nuestros nombres reales. Pensamos que era nuestro deber como discípulos de Dafa defender la moralidad humana. Más tarde nos dimos cuenta de que formaba parte del proceso de rectificación del Fa de Shifu para eliminar innumerables factores malignos en diversas dimensiones. La decisión de iniciar la demanda desencadenó un cambio drástico en la eficacia de nuestra aclaración de la verdad. Algunas tiendas habían rechazado anteriormente mis intentos de aclarar la verdad. Sin embargo, tras presentar esta demanda, los mismos propietarios de las tiendas aceptaron sin dudarlo mi propuesta de renunciar al PCCh, a la Liga Juvenil Comunista y a los Jóvenes Pioneros. Encontré menos resistencia en mis esfuerzos por aclarar la verdad, y la mayoría de la gente se mostró dispuesta a aceptar la verdad y a renunciar al PCCh.
Poco después de presentar nuestra demanda, un compañero practicante me llamó para decirme que se habían visto obligados a abandonar su hogar y me aconsejó que yo también me escondiera. El ambiente amenazante creado por el PCCh me hacía sentir que la posibilidad de ser detenida era muy real, así que decidí llevar pantalones largos al trabajo en lugar de faldas para poder moverme con rapidez. Mi marido me aconsejó que dijera a las autoridades que había perdido mi documento de identidad y que no sabía quién había presentado la demanda en mi nombre. Rechacé su sugerencia. En cualquier caso, había puesto mi huella dactilar en la demanda, lo que hacía imposible negar mis acciones. Le aseguré que estaba bajo el cuidado de Shifu y que no debía preocuparse.
Debido a mi limitado nivel de cultivación en aquel momento, organicé el traslado de una impresora y otros recursos para la aclaración de la verdad fuera de mi casa, conservando solo mis libros electrónicos y el teléfono móvil que utilizaba para aclarar la verdad. A pesar de la amenaza percibida, continué realizando llamadas automáticas de aclaración de la verdad cada día bajo la protección de Shifu.
Difundir información sobre Dafa
Cuando empecé a aclarar la verdad a la gente, me preocupaba mi imagen y era incapaz de tolerar las actitudes negativas de las personas a las que me acercaba. Algunos me insultaban, me llamaban loca y me exigían que me mantuviera alejada. Algunos incluso intentaron arrastrarme a la comisaría. Otros me trataban con desprecio, ignorándome por completo. Pensaba para mis adentros: «¡Qué desagradecidos! Si no estuviera obligada a salvarte, ni siquiera me molestaría en hablar contigo, aunque estuvieras delante de mí. ¡No te debo nada! ¿Qué daño te ha hecho Falun Dafa? ¿Te trataría así una organización con motivaciones políticas?». Estos pensamientos poco amables, en realidad, obstaculizaban mis esfuerzos por salvar a la gente.
Más tarde me di cuenta de mi error y empecé a buscar en mi interior mis deficiencias. Cuando me encontraba con situaciones así, me disculpaba con la persona en mi corazón. «No puedes aceptar la verdad porque no me he cultivado lo suficiente. Espero que en el futuro conozcas a otro practicante que pueda aclararte mejor las cosas». A veces me desahogaba con un familiar, quien a su vez me respondía: «Suena duro. Parece que eres demasiado humilde y sumisa cuando hablas con desconocidos». Este comentario me hizo examinarme a mí misma. ¿Me presentaba de forma incorrecta al aclarar la verdad? ¿Daba a la gente una impresión poco digna de los practicantes de Falun Dafa?
A medida que maduraba en mi capacidad para aclarar la verdad, me encontraba con menos discusiones y rechazo por parte de las personas a las que me acercaba. Aquellos que aún no habían renunciado al PCCh se marchaban por iniciativa propia después de que les aclarara la verdad, expresando al mismo tiempo su gratitud.
Me disponía a marcharme tras aclarar la verdad a una mujer mayor, cuando ella dijo: «Espera un momento. Déjame darte un abrazo». Nos abrazamos, dándonos suaves palmaditas en la espalda durante un buen rato. ¡Qué conexión tan preciosa! ¡Gracias, Shifu!
Otra persona me dijo: «¡Eres tan amable! Me siento mucho mejor después de escuchar tus palabras. Estaba de mal humor, así que había tomado un autobús al centro de la ciudad para dar un paseo. ¡Ahora me siento mucho mejor; me voy a casa!».
Me he encontrado con personas agradecidas que se resisten a marcharse después de comprender la verdad. Estas personas suelen ser las últimas en subir al autobús. Incluso después de subir, se han quedado de pie cerca de la puerta, saludándome con la mano. Cuando las personas que estaban cerca me preguntaban: «¿Estás despidiendo a un familiar?», yo respondía: «Sí», y aprovechaba la oportunidad para aclararles la verdad.
Una vez conocí a un hombre mayor que me preguntó con sinceridad: «¿Tienes un hijo o una hija? Ojalá nuestras familias estuvieran unidas por matrimonio. Eres una persona tan buena, ¡qué felicidad sería vivir contigo!».
Ahora me acerco a los trabajadores migrantes y a los ancianos que recogen chatarra para aclararles la verdad sin dudarlo, a veces sentándome en el suelo o caminando con ellos mientras realizan su trabajo, sin prestar atención a la falta de limpieza de mi entorno.
Algunas personas han comentado: «¿Son los practicantes de Falun Dafa las únicas personas buenas en este mundo? No soy religioso, pero también me considero una buena persona». Yo les respondo: «Usted es una buena persona. ¡Una persona que elige ponerse del lado del bien en este mundo caótico es verdaderamente admirable!». A otros que han comentado: «No quiero su creencia, no me imponga sus ideas», Les he respondido: «No pretendo eso. Respeto tu decisión y solo quiero compartir contigo cómo he obtenido salud y felicidad. Falun Dafa es una práctica budista, y perseguir a los practicantes acarreará un castigo divino. Te digo esto con la esperanza de que evites un destino desafortunado». Tras escuchar esto, la gente suele sonreír y renunciar al PCCh.
No hay palabras para expresar mi gratitud hacia Shifu. Independientemente de cuál fuera mi motivación inicial para entrar en Dafa, en la actualidad mi apego más fundamental es el de ser humano. Si nos aferramos a nuestra naturaleza y a nuestros conceptos humanos, los principios de Dafa nunca podrán nutrir verdaderamente nuestros corazones. Shifu nos ha enseñado el Fa para que podamos volver a nuestro yo original y verdadero y alcanzar la iluminación. Sería una tragedia que dejáramos pasar esta oportunidad.
Como actúo y vivo de acuerdo con los principios de Verdad-Benevolencia-Tolerancia, me siento en paz. Como ahora sé que todo en la vida se debe a la ley de causa y efecto, ya no busco la fama, las ganancias materiales ni el afecto. El camino de la cultivación me ha permitido sentirme en paz cada día. ¡Gracias, Shifu, por tu compasiva salvación!
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