(Minghui.org) ¡Saludos, compasivo y gran Shifu! ¡Saludos, compañeros practicantes!

Soy un joven discípulo de Dafa de Serbia. Nací en China y, desde muy joven, me he cultivado en Falun Dafa junto a mis padres.

Al echar la vista atrás a mi camino de cultivación, veo que ha estado lleno de alegrías, amarguras, dolor y momentos que me han conmovido. Sé que todo ello fue fruto de los sentimientos humanos, las nociones y el pensamiento humanos, enredados en muchos apegos. Sin embargo, al mismo tiempo, al deshacerme de estas sustancias degeneradas (que no forman parte de nuestro verdadero yo y al asimilarme al Fa), cada célula de mi cuerpo parece vitorear y saltar de alegría, celebrando y deleitándose todas juntas en ese maravilloso momento. En esos momentos no puedo evitar maravillarme de lo verdaderamente afortunado que soy por haber obtenido el Fa en esta vida y haber seguido a Shifu. Sin duda, soy el ser más afortunado de este vasto cosmos. En esos instantes, algo clama en mi corazón, y apenas puedo contenerme de contarles a todos con quienes me encuentro lo maravilloso que es Dafa.

Ha sido un camino lleno de obstáculos. He sido como un niño que aprende a andar, avanzando a tientas paso a paso, bajo la guía de Shifu. A veces, superar una prueba resultaba extremadamente difícil. Antes de haber superado del todo una prueba, ya llegaba la siguiente, hasta el punto de que apenas podía respirar. En los momentos en que sentía que estaba a punto de derrumbarme, me venía a la mente una frase del Fa del Shifu: «Cada paso debe atravesarse…» (Templando la mente y el corazón de uno, Hong Yin), y eso parecía darme fuerzas para volver a levantarme, apretar los dientes y seguir adelante. Tropezando y levantándome, día tras día, he llegado hasta hoy. Lo único que nunca ha cambiado es mi determinación de seguir a Shifu y cultivarme hasta el final. Y con cada día que pasa, esa determinación se ha vuelto más firme.

Cuando una prueba resultaba difícil de superar, pensaba que el yeli también intentaría interferir en mí y hacer tambalear mi determinación. Pero, en un instante, el Fa de Shifu aparecía en mi mente:

«“No importa qué fo, qué dao, qué deidad o qué demonio sea, que ninguno piense que podrá mover mi corazón», así definitivamente hay esperanza de que tengas éxito” (Sexta Lección, Zhuan Falun).

Con el apoyo de Shifu, fui capaz de mantener la calma, aferrarme a mis pensamientos rectos y distinguir mi verdadero yo.

A continuación, expongo algunas de mis experiencias y entendimientos al superar estas pruebas. Las escribo para el Fahui de Europa con el fin de informar a Shifu y compartirlas con los compañeros practicantes. Si hay algo que no se ajuste al Fa, por favor, señálalo.

Tribulación

Tras una dolorosa lección, llegué a comprender que, si no recorro el camino arreglado por Shifu, entonces estoy recorriendo el camino que las viejas fuerzas han dispuesto. Antes de comenzar mis estudios de posgrado, casi todo en mi vida había ido sobre ruedas, y cada paso parecía fácil. Incluso las cosas que parecían difíciles las superaba sin problemas bajo el cuidado y la protección compasivos de Shifu. Incluso algo tan importante como irme al extranjero a estudiar parecía suceder por casualidad, y en una o dos semanas ya había tomado mi decisión y preparado toda la documentación. Así que esperaba con ilusión una vida feliz y maravillosa. Pasaron dieciocho años sin contratiempos, y simplemente daba por sentado que las cosas seguirían así.

Después de graduarme, quería quedarme en el país donde había estado estudiando. Así que seguí enviando mi currículum para buscar trabajo. Pedí ayuda a mis profesores y amigos, y envié solicitudes a todas las organizaciones relevantes que se me ocurrían. Aun así, mis solicitudes caían en saco roto. A menudo no recibía respuesta, y las entrevistas eran lamentablemente escasas.

No estaba dispuesto a aceptarlo. Creía obstinadamente que había sido Shifu quien había dispuesto que estuviera allí y que, como aún no había hecho nada, ¿cómo iba a marcharme? Así que todo aquello debía de ser una prueba para mí. En aquel momento no podía aceptar ningún consejo de otros practicantes, y mucho menos el de marcharme a otro país. Siempre lo descartaba con excusas como «ese lugar no me conviene», y seguía convencido de que el camino que Shifu había arreglado para mí estaba precisamente aquí, y de que todo se desarrollaría tal y como me lo imaginaba.

Y así, a partir de ese momento, mi camino estaba destinado a ser difícil. Las cosas no salieron como había imaginado. No hicieron más que empeorar cada vez más, hasta que ya no me quedaba ningún sitio al que acudir. Lo eché todo por la borda, pero, incluso en el último momento, seguía sin darme cuenta. Al final, me vi obligado a abandonar ese país. Empecé a sentirme perdido, como si me hubiera adentrado en lo más profundo de un bosque y no pudiera ver en qué dirección ir a través de la niebla. Me invadió la ansiedad, me sentía agobiado cada día hasta el punto de apenas poder respirar, y mis conflictos con los practicantes con los que trabajaba se agudizaron debido a la distancia que nos separaba. Para entonces, hacía tiempo que había caído en la trampa de las viejas fuerzas sin darme cuenta.

Empecé a dudar de si Shifu seguía velando por mí y me preguntaba si le había fallado. No me atrevía a preguntarle qué había salido mal, ni tenía valor para mirar su fotografía. Simplemente aguantaba con las pocas fuerzas que me quedaban. Entonces, un día, en medio de mi aturdimiento, una voz resonó de repente en mi oído: «La cultivación es así de difícil. ¿Por qué  no te rindes y dejas de cultivarte?». Me quedé impactado. ¿De dónde había salido ese pensamiento? ¡Era aterrador! Al instante me puse en guardia y me di cuenta de inmediato de que eso no era yo: eran las viejas fuerzas intentando destruirme.

En ese mismo momento, el Fa de Shifu apareció en mi mente:

“El hombre padece mucho sufrimiento, pero ellos consideran que cuanto más sufrimiento padece el hombre, mejor es, ya que se acelera el pago de las deudas; así es como piensan. Pero algunas personas no se iluminan, y cuando sus plegarias a los fo no dan resultado, empiezan a culparlos: «¿Por qué no me ayudas? Quemo incienso para ti y golpeo mi frente contra el suelo para ti todos los días». Debido a esto, alguno arroja y rompe la estatua de fo y desde entonces insulta al fo (Cuarta lección, Zhuan Falun).

Una potente oleada de calor se abalanzó sobre mi cabeza con un estruendo, como si una campana de alarma hubiera sonado justo encima de mí, y la sacudida me dejó un hormigueo en el cuero cabelludo. Inmediatamente envié un pensamiento poderoso para intentar destruirlo, y le dije: «Viejas fuerzas, ni se les ocurra arrastrarme hacia abajo. Soy un discípulo de Dafa. Voy a cultivarme con Shifu hasta el final, ¡y no pueden tratarme así!».

Cuando volví en mí, estaba completamente despierto, y solo entonces me di cuenta de lo mucho que me había desviado del camino, y de cómo las viejas fuerzas habían aprovechado mis brechas y casi me habían destruido. Al mismo tiempo, en silencio me consideré afortunado por haber recordado el Fa de Shifu en ese momento crítico.

Empecé a estudiar mucho el Fa y a enviar pensamientos rectos de forma intensiva. Poco a poco sentí que mis pensamientos rectos se hacían cada vez más fuertes, y cuando levantaba la palma de la mano podía sentir como si un fuego brotara de mis yemas. Sabía que se trataba de una energía enorme y que era Shifu quien me fortalecía a mí, su discípulo.

Durante algún tiempo después, lloraba todos los días al leer las escrituras de Shifu, y no podía contener las lágrimas. A veces era porque sentía que no lo había hecho bien y que había decepcionado a Shifu. Otras veces sabía que, en algún lugar que yo no podía ver, el compasivo Shifu volvía a dar y a soportar en silencio por un discípulo que no había estado a la altura de las expectativas.

Solo recorreré el camino arreglado por Shifu 

Después de instalarme en un nuevo país, mi vida y mi entorno de cultivación empezaron a estabilizarse poco a poco. Y justo cuando empezaba a relajarme y a anhelar la comodidad, llegó otra prueba. Al cabo de un año en el trabajo, los cambios en la plantilla y en la situación general hicieron que mi trabajo empezara a cambiar, y perdí mi empleo. Volví a buscar oportunidades y empecé a enviar solicitudes por Internet, pero, una vez más, no recibí ninguna respuesta. Sin embargo, esta vez me mantuve tranquilo. Creía firmemente que había un camino esperándome, aunque no supiera dónde estaba.

A mi alrededor se oían muchas voces: algunas preocupadas, otras quejándose, otras ansiosas, otras inquietas. Ninguna de ellas me conmovió. Cuando recibía un buen consejo, lo aceptaba, pensando que debía de ser Shifu quien me hablaba a través de un compañero practicante, y entonces actuaba en consecuencia. Ya no me aferraba a que tipo de trabajo realizaba ni al país en el que residía. Aunque no me gustara o no me interesara, pensaba que, siempre que fuera lo que Shifu quería que hiciera, yo lo llevaría a cabo, dejando de lado mis apegos y preferencias, así como esa tendencia de querer trazar mi propio camino. Me dije: esta vez voy a escuchar a Shifu. Solo recorreré el camino arreglado por Shifu.

Dos meses después, gracias a la compasiva intervención de Shifu y a la ayuda de otros practicantes, encontré un nuevo trabajo. Debido al idioma, el trabajo era en un campo completamente nuevo para mí. Al principio, mi jefa no tenía muchas esperanzas en mis posibilidades y no estaba dispuesta a contratarme, y yo tampoco tenía confianza en mi capacidad para hacerlo bien. Sin embargo, sorprendentemente, después de que un compañero practicante hablara con ella, accedió a dejarme intentarlo.

Mi jefa tenía muy mal genio y solía perder los estribos cuando había mucho ajetreo en el trabajo y yo no entendía lo que decían los clientes. En el momento en que perdía los estribos, yo me sentía aún más desorientado y cometía más errores. Una vez incluso me gritó delante de todo el mundo: «Si sigues sin aprender el idioma y sin entenderlo, el mes que viene nos diremos adiós».

Me sentí humillado y, aunque la gente a mi alrededor me defendió, me preocupaba volver a perder mi trabajo. Pero, una vez que me calmé, pensé: «Este trabajo me lo dio Shifu, así que lo que digan los demás no cuenta. Entonces, ¿por qué me trataba así? ¡Ah! Era porque tenía apegos que debía eliminar. Quería salvar las apariencias; no quería que me criticaran; tenía miedo de cometer errores; me importaba cómo me veían los demás; me gustaba escuchar palabras amables. Así que eso era. En realidad, ella me estaba ayudando».

Después de eso, nunca volvió a decir nada por el estilo, e incluso me felicitó por aprender tan rápido. Los números que al resto del personal les costaba recordar, yo los memorizaba en pocos días, sin siquiera proponérmelo. Simplemente se me quedaban grabados en la mente poco a poco, en el transcurso del trabajo cotidiano. Sé que todo esto me lo concedió el compasivo Shifu. Y creo firmemente que un verdadero cultivador puede desempeñar bien cualquier tarea.

Todo lo que Shifu dispone es lo mejor

Vivo en un lugar muy pequeño donde las zonas comunes se comparten con varias personas más. Dado lo mucho que había cambiado mi situación laboral, sentía que el simple hecho de tener un lugar donde instalarme ya era suficiente. Y nunca me importó el tamaño del espacio ni las comodidades que tuviera.

A menudo me rodeaban voces que no lo entendían: «¿Por qué vives en una habitación tan pequeña y pagas tanto por ella?». «¿Cómo puedes dormir con una ventana tan pequeña?». «¿Cómo vas a pasar el verano sin aire acondicionado?». Al principio, no me importaba demasiado. Pero un día me di cuenta de que el baño estaba muy sucio, un compañero de piso estaba lavando zapatos en la lavadora compartida, otro compañero de piso se había servido de la ropa que yo había dejado allí y estaban apareciendo cucarachas en el pasillo. Me sentí desesperado. Quería enfrentarme a ellos. ¿Por qué tenía que sufrir en un entorno así? ¿Debería mudarme a otro sitio?

Así que me planteé la siguiente pregunta: «¿Por qué quieres mudarte?». Respuesta: «Ya no soporto más este entorno. Quiero encontrar un lugar tranquilo y acogedor». Pregunta: «Una vez que te hayas mudado, ¿dejarán de surgir estos problemas?». Respuesta: «Por supuesto que no. Mientras sigan existiendo estos apegos, si no son estos problemas, serán otros».

Entonces comprendí que todo esto había sido provocado por mis propios apegos, y que los asuntos en sí mismos no importaban en absoluto. Si tomaba como punto de partida resolver el problema, pensándolo desde el punto de vista de una persona corriente, seguirían surgiendo nuevos problemas. Sería tratar los síntomas y no la raíz, y echaría por tierra el arreglo que Shifu había hecho.

Siguiente pregunta: «Entonces, ¿es malo encontrarse con estas cosas? ¿Por qué siempre quieres huir? ¿Acaso huir resuelve algo?». Respuesta: «Sé que es algo bueno. Ha sucedido para que pueda eliminar mis apegos». Y de nuevo: «¿Para qué viniste a este mundo? ¿Viniste en busca de comodidades y una vida fácil?». Respuesta: «No. Vine a cultivarme y a ayudar a Shifu en la rectificación del Fa». «Entonces, ¿qué haces buscando comodidades?».

Al llegar a esa respuesta, me sentí avergonzado. Después de tanto tiempo cultivándome, mi primer instinto al enfrentarme a un conflicto seguía siendo mirar hacia fuera y ver las cosas con nociones humanas, pensamiento y sentimientos humanos.

Inmediatamente, el Fa de Shifu apareció en mi mente:

“Pienso que un ambiente complicado es, por el contrario, algo bueno; cuanto más complicado es, más pueden surgir personas elevadas; si uno puede desatarse y salir de aquí, entonces ese es el xiulian más sólido”. 

“...solo entre el gentío más complicado y en el ambiente más complicado se puede cultivar gong alto, este es el significado” (Novena Lección, Zhuan Falun).

Me pregunté si todavía quería mudarme. Me respondí con naturalidad: todo lo que Shifu ha dispuesto para mí es lo mejor, y es igual esté donde esté. Gracias, Shifu, por los minuciosos arreglos que has hecho para un discípulo como yo. ¡Heshi!

Reflexiones finales

Escribir este artículo para compartir ha sido extraordinariamente difícil. Varias veces estuve a punto de rendirme y, al final, lo terminé gracias al apoyo de Shifu y al ánimo de los compañeros practicantes. Incluso después de eliminar muchas interferencias, me di cuenta, mientras escribía, que a veces no podía continuar y no sabía qué escribir; mi mente se quedaba en blanco y las frases no encajaban. Lo único que podía hacer era escribir, borrar y volver a escribir.

Aferrándome firmemente a mis pensamientos rectos, finalmente lo terminé. Gracias, Shifu, por tu apoyo y por velar por mí en todo momento. Y gracias, Shifu, por darme la oportunidad de completar este testimonio.

¡Que todos caminemos con firmeza por el sendero divino arreglado por Shifu, ayudemos a Shifu en la rectificación del Fa, alcancemos la Perfección y regresemos con Shifu!

(Presentado en el Fahui de Europa de 2026)