(Minghui.org) Comencé a practicar Falun Dafa antes del 20 de julio de 1999, fecha en la que empezó la persecución. Aunque mi camino de cultivación estuvo lleno de pruebas, tribulaciones, dificultades y tristezas, he experimentado una significativa mejoría en mi mente y en mi cuerpo. Dafa me transformó para bien y llenó mi vida de una alegría indescriptible.

Crecer con las enseñanzas tradicionales de mi familia

Comencé a vivir con mis abuelos maternos cuando cumplí un año de edad. Mi abuelo era carpintero y, durante su juventud, había trabajado para una familia adinerada que poseía una gran colección de libros. Él en su tiempo libre, dedicaba muchas horas a la lectura.

Cuando cumplí cuatro años, él empezó a enseñarme a recitar textos clásicos chinos, como el Clásico de los tres caracteres, los Cien apellidos de familia y el Gran aprendizaje. Durante los días más fríos del invierno, él dibujaba un calendario tradicional conocido como «El Gráfico de los Nueve Nueves para disipar el Frío» y me llevaba afuera todos los días para observar y registrar el clima. Cada nueve días me contaba una historia tradicional. Todavía recuerdo la historia del tercer período de nueve días, «El Abrigo Endeble de Caña», de «Los Veinticuatro Ejemplos Filiales».

Mi abuela materna no sabía leer ni escribir, pero conocía muchas historias mitológicas. Durante las noches de verano, después de cenar, nos sentábamos a descansar en el patio. Ella señalaba la Vía Láctea y me contaba historias: «El pastor y la tejedora», «El descenso de la séptima hada al mundo terrenal» y cuentos de fantasmas que se utilizaban para advertir a los niños desobedientes. Estas historias de la cultura tradicional reforzaron mi creencia en los dioses y en los espíritus. Cuando falleció mi abuelo, sentí una profunda tristeza, pero pensé: «Cuando alguien muere, no desaparece así nada más. Seguramente, el abuelo sigue cuidándome desde algún lugar».

Regresé a vivir con mis padres cuando llegó el momento de comenzar la escuela. Allí empecé a leer: Poemas de mil Maestros y libros ilustrados de la literatura clásica como: Las Crónicas de los reinos Zhou Orientales, Romance de los Tres Reinos y Romance de las dinastías Sui y Tang.

Los conocimientos de la cultura tradicional que recibí durante mi infancia resultaron ser una gran bendición. Haber crecido en un entorno impregnado de esa cultura facilitó mi posterior encuentro con Falun Dafa.

Cómo mis familiares se hicieron sucesivamente practicantes de Dafa

Desde que tengo memoria, mi madre siempre tuvo problemas de salud. Sufría de un cansancio extremo, dolor ocular por una posible sospecha de glaucoma, problemas cardíacos, afecciones estomacales y trastornos ginecológicos. Nuestros cajones estaban llenos de medicamentos.

Mi madre viajaba frecuentemente a grandes ciudades situadas a cientos de kilómetros para consultar a médicos de medicina tradicional china de renombre. También probaba remedios caseros que le recomendaban e incluso había comenzado a practicar distintas formas de qigong. Sin embargo, sus enfermedades seguían afectándola.

Mi padre, agobiado por las responsabilidades familiares y laborales, desarrolló inflamación intestinal crónica, hipertiroidismo, enfermedad coronaria e hipertensión arterial. Su presión arterial diastólica llegaba a alcanzar los 120 mmHg y no lograba controlarla, a pesar de tomar medicamentos.

La mala salud de mis padres también afectaba su estado de ánimo y creaba un ambiente tenso en el hogar. Esto se notaba especialmente en mi madre, que frecuentemente se enojaba y se irritaba por asuntos insignificantes.

Un día, un vecino vino a nuestra casa y nos dijo: «Hay una práctica llamada Falun Dafa que es muy eficaz para mejorar la salud. Sé que ambos están enfermos, así que vine a hablarles de ella».

Mi madre le dijo a mi padre: «Deberías probarla primero. Yo seguiré con mi qigong. Si te funciona, me uniré a ti».

 Así fue como mi padre comenzó a practicar Falun Gong.

Al poco tiempo que comenzó a practicar, su tercer ojo se abrió. Él me contó: «Mientras practicaba el quinto ejercicio, vi una fila de Budas sentados sobre mis brazos. Creo que Shifu me permitió ver aquello para fortalecer mi determinación», continuó: «Así que le dije: ‘Shifu, no se preocupe, seguiré practicando con constancia hasta el final. Por favor, cierre mi tercer ojo’. Después, mi tercer ojo se cerró».

La presión arterial de mi padre volvió a valores normales y sus dolencias desaparecieron. Luego mi madre comenzó a practicar. A medida que mejoraba la salud de mis padres, el ambiente en la casa también se volvió más armonioso.

Mi hermana y yo empezamos a leer Zhuan Falun, y finalmente toda nuestra familia se convirtió en practicante de Falun Dafa. La mejoría en la salud de mis padres también animó a ocho de nuestros familiares a comenzar a practicar.

Cuando mis padres todavía estaban enfermos, centré mis esfuerzos para ingresar a la universidad hacia la carrera de Medicina. Sin embargo, antes de graduarme, mis padres ya se habían recuperado por completo gracias a Falun Dafa.

Después mi madre me dijo: «En aquel momento, con dos personas enfermas en la familia, estábamos decididos a que estudiaras Medicina para que nos resultará más fácil recibir atención médica. Pero, después de practicar Falun Dafa, recuperamos la salud y ya no necesitamos ir al hospital. Aunque te convertiste en doctora por nosotros, nunca tuvimos la oportunidad de aprovechar tus conocimientos».

Superar una prueba de enfermedad con una actitud recta

No comencé a practicar Falun Dafa por motivos de salud, pero muchas dolencias menores que me habían aquejado durante años desaparecieron. Por ejemplo, el estreñimiento crónico que había sufrido durante más de veinte años y el dolor de estómago (síntoma de úlcera duodenal) que padecía por trabajar en turnos nocturnos y tener horarios irregulares para comer y dormir, desaparecieron sin que me diera cuenta.

Un año, durante un examen médico organizado por la empresa donde trabajaba, un cirujano general me palpó el cuello y me dijo: «Tienes algo creciendo aquí que es bastante grande, de unos dos centímetros. ¿Te has dado cuenta? ¡Deberías hacértelo revisar!»

Desde el punto de vista médico, una masa bien delimitada e indolora puede presentar un mayor riesgo de malignidad. Sin embargo, no presté demasiada atención a su consejo. Pensé: «Practico Falun Dafa, no estoy enferma».

Aunque no volví a consultar por el bulto, otros médicos que eran mis colegas comenzaron a preguntarme si me lo había hecho revisar y me advertían sobre las posibles consecuencias. Sin darme cuenta, empecé a tocarme el bulto cada vez con más frecuencia.

Poco después, el bulto del cuello creció y comenzó a dolerme. A medida que el dolor se intensificaba, incluso tragar me resultaba doloroso. También sentía una molestia por el roce cuando usaba un suéter de cuello alto.

Comencé a mirar hacia adentro para examinar mis pensamientos y mi conducta. Aunque en la superficie no reconocía el bulto como una enfermedad, aún el apego persistía. En el fondo, albergaba la idea de que «practicar Falun Dafa es como tener un seguro: cualquier síntoma desaparecerá rápidamente». Estaba buscando beneficios materiales en Dafa, y mis síntomas empeoraron. Aquello me recordó que debía desprenderme de mis apegos mundanos relacionados con la enfermedad y la muerte.

Después de reconocer ese apego, dejé de preocuparme por el bulto. Me dediqué con empeño a estudiar el Fa y a realizar los ejercicios durante mi tiempo libre.

Un día, mientras me ponía el suéter de cuello alto, me di cuenta de que ya no me dolía el cuello y  que el bulto había desaparecido. Sentí una alegría y una gratitud indescriptibles hacia Shifu.

Al año siguiente, durante mi examen médico, otro cirujano me revisó. Me palpó el cuello y dijo: «Antes tenías algo creciendo ahí. Ya no está, pero puedo notar una hendidura».

Asimilando los principios de Verdad, Benevolencia y Tolerancia a mi vida y a mi trabajo

Desde niña fui honesta, confiable y trabajadora. Incluso después de comenzar a trabajar en el hospital, mantuve esas mismas cualidades. Mis colegas solían decirme: «No trates a todo el mundo con tanta amabilidad, especialmente a los pacientes difíciles, porque sufrirás».

En aquel entonces, aunque sentía que mi honestidad me había ocasionado sufrimiento en algunas situaciones, tampoco entendía por qué no debía ser amable con los demás. ¿Cómo debía relacionarme con los demás? ¿Cuál era el estándar para ser una buena persona? Después de comenzar a practicar Falun Dafa, encontré las respuestas a esas preguntas, aunque todavía no he alcanzado plenamente ese ideal con mis pensamientos y acciones. Estoy decidida a superar mi miedo a sufrir pérdidas y convertirme en una mejor persona, guiada por los principios de Verdad, Benevolencia y Tolerancia.

«Eres diferente a los demás médicos»

Durante mi residencia, roté turnos en una sección a cargo de pacientes geriátricos. Mientras que la mayoría de las salas tenían dos o tres camas, una de ellas contaba con seis camas destinadas a personas mayores con múltiples enfermedades que no podían valerse por sí mismas. Algunos pacientes llevaban allí dos o tres años. Cada paciente tenía su propio cuidador. Además del hacinamiento debido a la gran cantidad de personas, la sala tenía un olor fétido constante, ya que los pacientes postrados en cama se veían obligados a comer, beber y defecar dentro de la misma. Reacios a permanecer mucho tiempo en la sala, muchos médicos hacían superficialmente algunas preguntas básicas antes de marcharse apresuradamente.

Me asignaron la atención de algunos pacientes de esa sala. Durante las recorridas médicas, los trataba igual que a cualquier otro paciente. Me interesaba cuidadosamente por su estado físico, les realizaba exámenes clínicos y les indicaba a los cuidadores de pacientes con enfermedades cerebrovasculares y afasia qué síntomas debían vigilar para detectar un posible empeoramiento.

Otros cuidadores comenzaron a hacerme preguntas, y yo se las respondía con paciencia.

Los cuidadores eran trabajadores migrantes procedentes de zonas rurales y vivían en la sala junto a las personas que atendían. Muchos habían recibido reprimendas de médicos o enfermeros y trataban al personal sanitario con un respeto excesivo, por miedo a perder su trabajo.

En lugar de reprenderlos, les enseñaba a los cuidadores de mis pacientes cómo hacer correctamente las cosas. Los cuidadores de otras camas también prestaban atención a mis explicaciones y, con el tiempo, comenzaron a consultarme sobre los cuidados de los pacientes o a pedirme orientación cuando ellos mismos se sentían mal.

Aunque esto aumentaba considerablemente mi carga de trabajo, sabía que un practicante debía esforzarse por tratar a todas las personas con sinceridad, amabilidad y tolerancia. Además, cuanto más supieran los cuidadores, más rápido podrían recuperarse los pacientes de la sala, lo que también contribuiría a mejorar el ambiente.

Un día, un auxiliar de enfermería al que apenas conocía se acercó y me dijo:

«Hace muchos años que trabajo en este hospital y he conocido a muchos médicos. La mayoría nos menosprecia porque venimos de zonas rurales, pero usted no. Nunca había conocido a alguien como usted. Parece que hay algo que la distingue de los demás, así que, si tiene tiempo, me gustaría hablar con usted». Como era una oportunidad para contarle sobre las bondades de Falun Dafa, acepté. Lamentablemente, al poco tiempo me trasladaron a otra sección y nunca más tuve la oportunidad de verlo.

«Me trasladé aquí porque en la unidad de hemodiálisis hay un médico muy responsable»

La unidad de hemodiálisis de mi hospital es relativamente grande en comparación con las de otros hospitales. Sin embargo, como el hospital no tiene tanto prestigio, dispone de equipos e instalaciones de apoyo de menor calidad.

Muchos de los pacientes que recibe nuestra unidad son personas a las que otros hospitales más grandes les han rechazado la atención. En su mayoría, son pacientes mayores con múltiples complicaciones o personas de familias con pocos recursos que tienen dificultades para seguir adecuadamente el tratamiento.

Cuando comencé a trabajar en la unidad de hemodiálisis, todos me decían: «Te tocó un buen lugar. Los médicos encargados de la diálisis la tienen fácil. El tratamiento es sencillo: solo hay que conectar al paciente a una máquina de diálisis».

Sin embargo, la realidad era mucho más compleja.

La diálisis debe administrarse periódicamente durante toda la vida, y sus elevados costos representan una carga económica importante para las familias. Por eso, además de conocer la historia clínica y el estado actual de cada paciente, los médicos de hemodiálisis también debemos tener en cuenta la situación económica de su familia. Solo después de mantener conversaciones detalladas con los familiares podemos elaborar un plan de tratamiento adecuado para cada persona.

Cuando llegué a la unidad, me asignaron la responsabilidad de atender a cien pacientes en diálisis, cada uno con un cuadro clínico diferente. La diversidad de temperamentos de sus familiares, sumada a la necesidad de comprender y establecer una buena relación con los pacientes y sus seres queridos, exigía mucho esfuerzo y dedicación.

Un día, una paciente de unos sesenta años solicitó trasladarse desde un hospital nacional de primer nivel al mío. Llevaba casi diez años en diálisis, gozaba de buena salud y pertenecía a una familia adinerada. Tanto ella como su esposo tenían un alto nivel educativo. Después de conocer su estado de salud y sus antecedentes de tratamiento, elaboré un plan terapéutico. La paciente siguió las indicaciones médicas con responsabilidad y se adaptó rápidamente al nuevo entorno.

Todos en el departamento de hemodiálisis estaban desconcertados. ¿Qué había llevado a una paciente adinerada a trasladarse desde un hospital prestigioso a otro de menor categoría?

Con el tiempo, la paciente y yo comenzamos a conocernos mejor. Un día, ella se sinceró: «Después de recibir diálisis durante tantos años en mi hospital anterior, me costaba decidirme a cambiar. Pero, como nos estábamos mudando cada vez más lejos, se volvió incómodo continuar el tratamiento allí. Finalmente, decidí trasladarme. Además de estar más cerca de casa, había otra razón todavía más importante. ¿Sabés cuál es?». Negué con la cabeza, y ella continuó:

«Antes de trasladarme, investigué mucho sobre su hospital. Después de todo, tendría que continuar el tratamiento por el resto de mi vida, y ambos hospitales ofrecen diferentes niveles de atención».

«Cuando consulté con un conocido que trabaja en su hospital, me dijo: ‘Tenemos una nueva empleada (refiriéndose a mí) que es muy competente y responsable. ¡Puede trasladarse aquí con total tranquilidad!’. Siguiendo su consejo, vine. Luego de recibir tratamiento, puedo confirmar que mi conocido tenía razón. ¡Tengo la intención de continuar mi diálisis aquí!».

Agradecida por sus palabras, esperé una ocasión apropiada para contarle que practicaba Falun Dafa, una disciplina que nos enseña a ser buenas personas siguiendo los principios de Verdad, Benevolencia y Tolerancia, y a pensar en los demás.

Le expliqué los beneficios que había experimentado al practicar Falun Dafa y le hablé sobre la persecución que sufren sus practicantes en China. La paciente me escuchó atentamente y estuvo de acuerdo con lo que le conté.

«Tu madre es la más magnánima!»

Desde pequeña, me esforcé por ayudar a mi hija a desarrollar buenos hábitos y a ser independiente. Cada mañana, cuando la llamaba, se levantaba enseguida. Después de terminar sus tareas, preparaba sola la mochila del jardín de infantes y guardaba ordenadamente sus pertenencias, como los libros y la ropa.

Nunca le exigí que obtuviera calificaciones perfectas ni que fuera la primera de la clase. En cambio, le enseñé a desarrollar buenos hábitos de estudio, como prestar atención en clase, completar las tareas a tiempo y consultar al docente cuando tuviera alguna duda.

También le enseñé a llevarse bien con sus compañeros de la escuela. Le aconsejaba que aprendiera a no prestar atención a los defectos de los demás, que mejorará gracias a las cualidades positivas que ellos demostraban. Aunque las calificaciones de mi hija son promedio, ella sigue siendo una niña sencilla, alegre y bondadosa.

Un día, volvió de la escuela y, con una mirada llena de admiración y sin rastro de envidia, me dijo:

«¡Mi compañera de clase ganó el primer premio en un concurso de toda la ciudad! ¡Es increíble!».

En otra ocasión, mi hija decidió dejarse crecer el cabello. Todos los días le hacía una pequeña coleta trenzada, pero poco después me pidió que se la cortara. Cuando le pregunté por qué, me respondió: «Unos niños traviesos de mi clase me tocan la coleta cada vez que pasan a mi lado. No quiero discutir con ellos, así que es mejor que me la cortes». Le respondí: «Me parece bien. Tus compañeros no te hacen daño, así que no discutas con ellos por algo así. Cuando seas mayor, podrás dejártelo crecer y hacerte la trenza tú misma». Mi hija asintió.

Mi hija estaba en segundo grado cuando un día recibí una llamada de su maestra. La maestra se disculpó y me dijo: «Su hija estaba jugando con una compañera. La otra niña la cargaba en su espalda cuando perdió el equilibrio y la dejó caer. Su hija se golpeó la cabeza y ahora tiene un chichón grande en la frente. Los padres de la compañera están aquí y quieren disculparse con usted personalmente cuando venga a buscar a su hija».

Le respondí: «No se preocupe. Es normal que los niños se caigan mientras juegan. Hoy mi esposo y yo trabajamos hasta tarde, así que ninguno de los dos podrá ir a buscarla. La recogerá un compañero de trabajo de mi esposo. No hace falta que los padres de la otra niña nos esperen. No es nada grave; seguramente, en unos días estará bien».

La maestra me dijo, muy agradecida: «¡Gracias! ¡Gracias por comprender la situación! Cualquier otro padre habría discutido y culpado a la escuela por no cuidar bien a su hija, e incluso habría exigido que los otros padres la llevaran al hospital. Ya nos hemos encontrado con situaciones así. Es la primera vez que conozco a alguien tan comprensivo».

Cuando regresé del trabajo, examiné el enorme chichón que mi hija tenía en la cabeza, del tamaño de un huevo. Al verla llorar y decirme que le dolía, tomé una bolsa de hielo y se la coloqué sobre la frente mientras le decía:

«No pasa nada, mamá es doctora. Dentro de un ratito voy a conseguir que te duela menos. ¡Hoy te portaste muy bien!».

Al escucharme, mi hija dejó de llorar y sonrió. Después se fue a jugar, sosteniendo la bolsa de hielo contra su cabeza.

Un día, casi al final del semestre, mi hija llegó a casa de la escuela y dijo emocionada: «¡Mamá, hoy la maestra te elogió delante de toda la clase!».

Le respondí: «¿En serio? ¿Qué dijo la maestra?». Mi hija contestó: «¡La maestra dijo que mi madre es la más magnánima!».

Este incidente tuvo un efecto importante en mi hija, que se volvió mucho más tolerante y comprensiva en sus relaciones con los demás. Mi práctica de Falun Dafa ha influido en ella de manera natural, casi sin que me diera cuenta.

Reflexiones finales

Luego de reflexionar sobre mis veinte años de cultivación, he comprendido que atesorar las enseñanzas de Dafa en el corazón, mirar hacia adentro cuando surgen problemas y guiar mis palabras y acciones con los principios de Verdad, Benevolencia y Tolerancia es fundamental para mostrar la bondad de Falun Dafa a quienes me rodean. Mientras recorra rectamente mi camino de cultivación, Shifu dispondrá lo mejor para mí y me permitirá regresar a mi verdadero hogar.