(Minghui.org) De niña, aprendí los ejercicios de Falun Dafa de mis padres, ambos practicantes. A veces estudiaba el Fa con los adultos, pero no cultivaba sinceramente mi xinxing.

Cuando crecí, fui a la universidad y encontré trabajo en otras ciudades. Con el paso del tiempo, mi cultivación fue decayendo y hacer los ejercicios se convirtió en un acontecimiento poco frecuente. Sin embargo, sin importar a dónde fuera, siempre llevaba conmigo una copia de Zhuan Falun y escuchaba las grabaciones del sitio web Minghui. Ese fue mi estado de cultivación durante varios años y ni siquiera sabía si todavía se me consideraba una practicante de Falun Dafa o no.

Un día, en el trabajo, tuve una fiebre persistente. Me di cuenta de que se trataba de eliminar yeli (karma) de enfermedad y que no ponía en peligro mi vida. Solo tenía que soportarlo. Además, después de practicar Falun Dafa con mis padres, nunca volví a tomar medicamentos: se me pasaría solo.

Una semana después, mi estado empeoró. Tenía la cabeza confusa, así que me fui a la cama después del trabajo; ni siquiera tenía fuerzas para comer. A las ocho de la tarde, me castañeteaban los dientes y luchaba por mantenerme caliente. Cerré los ojos para intentar dormir. La fiebre seguía sin bajar. A las 10 de la noche, mi cuerpo parecía una bola de fuego, mi carne y mis huesos se retorcían de dolor y me costaba respirar.

Mi visión se volvió borrosa. Fue entonces cuando me asusté. Cuanto más nerviosa estaba, más se aceleraba mi corazón. No podía respirar, jadeaba. Por más que lo intentaba, era incapaz de hacer entrar y salir el aire de mis pulmones. Me oía resollar, como si algo me tapara la nariz y la boca. Todo mi cuerpo estaba entumecido. Tenía la sensación de que el corazón se me iba a parar en cualquier momento. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Era la primera vez en mi vida que sentía que la muerte se acercaba...

De repente quise llamar a mi madre, pero me detuve cuando estaba a punto de marcar su número. Mamá se horrorizaría. Vivía lejos de ella y era de madrugada. Incluso si pudiera venir, no podría hacer nada por mí.

Entonces, recordé al Maestro: "¡Quiero hacer los ejercicios!" Repetí este deseo en mi cabeza una y otra vez. Me levanté de la cama con mucha dificultad y caí de rodillas. Intentando respirar con dificultad, me levanté, pero tuve que volver a ponerme en cuclillas para descansar. Terminé la primera serie de ejercicios después de varias pausas.

Empezó la música del segundo ejercicio, "Estaca parada Falun". Pensé: "¿Puedo hacerlo? Siguiendo la voz del Maestro en la música, levanté los brazos. Estaba demasiado débil para mantenerme erguida, tenía la espalda encorvada a casi 90 grados y no podía levantar la cabeza. Mi cuerpo se balanceó y tembló durante los primeros 15 minutos. Cuando llegó el momento de realizar el movimiento "Mantener la rueda por encima de la cabeza", respiré hondo e intenté levantar los brazos. Al cabo de un minuto, una oleada de calor me recorrió desde la parte superior de la cabeza hasta los pies. Cubierta de sudor, me bajó la fiebre. Tomé una bocanada de aire fresco y se me aclaró la vista. Todos los dolores corporales desaparecieron. De pie, terminé los ejercicios mientras las lágrimas corrían por mis mejillas. Cuando terminé, mi ropa estaba empapada en sudor.

Lloré al ducharme, lloré al lavar mi ropa mojada y no paré de llorar hasta el amanecer. Eran lágrimas de agradecimiento. El Maestro me dio la vida y me hizo saber que sigo siendo su discípula. Con el aliento del Maestro tuve la confianza para volver a la práctica de cultivación de Falun Dafa. Eran también lágrimas de vergüenza, pues me sentía culpable por haber recibido tanta compasión y protección del Maestro.

Durante mucho tiempo, derramaba algunas lágrimas de vez en cuando, incluso cuando caminaba por la calle. Esto sucedía porque percibía la presencia del Maestro y me sentía envuelta por su compasión.

Heshi.