(Minghui.org) Soy docente y comencé a practicar Falun Dafa en 1997. Antes padecía todo tipo de dolencias, pero logré recuperarme por completo tras iniciar la práctica. Me siento renovada y llena de energía durante todo el día. Al enseñar, me guío por los principios que aprendí de Dafa. Durante muchos años, he ayudado discretamente a mis estudiantes con un corazón sincero y bondadoso.

Todas mis dolencias desaparecieron al empezar a practicar Falun Dafa

Antes de practicar, me habían diagnosticado diversas afecciones, como gastritis superficial, úlcera en el bulbo duodenal, inflamación de la vesícula biliar y reumatismo. Tomemos como ejemplo mis problemas estomacales: sufría dolor o hinchazón a diario. Recurrí a una combinación de medicina tradicional china y occidental, recibí inyecciones y sueros intravenosos, e incluso completé dos tratamientos con medicamentos importados, pero no vi mejoría alguna. Probé todos los remedios populares y caseros imaginables, mas nada surtió efecto.

No podía ingerir alimentos fríos ni grasosos. Comer fruta o dumplings me provocaba dolor e hinchazón. Esta afección estomacal me dejó demacrada y frágil; me fui consumiendo hasta quedarme en los huesos. Sin energía alguna, presentaba un aspecto tan enjuto que parecía que cualquier ráfaga de viento podría derribarme.

Desarrollé reumatismo mientras me recuperaba del parto de mi hijo. El inicio de la enfermedad fue violento. En cuestión de uno o dos días, la afección se propagó rápidamente desde el talón hasta abarcar todo el lado izquierdo de mi cuerpo. El lado izquierdo se hinchó y todas las articulaciones sufrían un dolor insoportable; incluso las sienes me palpitaban con tanta intensidad que sentía como si fueran a estallar. El dolor era tan agudo que sentía deseos de golpearme la cabeza contra la pared. Era, verdaderamente, un infierno en vida. Un médico reconocido me dijo: "Podrías tomar todos los medicamentos de la farmacia y aun así no curarías esta enfermedad".

En el verano de 1997, conocí Falun Dafa y recibí una nueva oportunidad de vida. El Maestro Li purificó mi cuerpo y, al poco tiempo, todas mis dolencias desaparecieron. Han pasado casi 30 años desde entonces y no he tomado ningún medicamento durante ese tiempo; sin embargo, me siento llena de alegría cada día. Siento que cada célula de mi cuerpo está electrificada. Una vez que mi cuerpo se recuperó, mi ánimo mejoró y mi enseñanza también. La clase de lengua que impartí ese año obtuvo el primer puesto en los exámenes finales entre todos los grupos del mismo nivel en toda la localidad.

Despertar la bondad de los estudiantes mediante la benevolencia

Tras cultivarme, mi forma de pensar cambió fundamentalmente. En lugar de ser egoísta y centrarme solo en mí misma, aprendí a ponerme en el lugar de los demás. Para enseñar bien a los alumnos, preparaba mis clases con esmero y mantenía una actitud sencilla y cercana. Los directivos de la escuela elogiaban la disciplina, la higiene y el contenido académico de mis clases, especialmente aquellos aspectos relacionados con el carácter moral de los estudiantes.

Mi mentalidad al enseñar a los alumnos cambió por completo. Ya no los castigaba físicamente ni los regañaba constantemente; en su lugar, los educaba con amabilidad y benevolencia. Por ejemplo, una alumna de mi clase perdió su reloj digital, que había dejado sobre el pupitre. En el pasado, me habría enfadado y habría ordenado a los delegados de clase que revisaran las mochilas, los pupitres y los bolsillos de todos los alumnos. Pero no hice eso, ni tampoco me enfadé.

Esto se debe a que el Shifu dijo:

«Hay personas que cuando educan a los hijos también se enfadan, los regañan haciendo tanto ruido que casi voltean el cielo; cuando educas a tus hijos no tienes que actuar de esa manera, no debes enfadarte realmente, debes educar a tus hijos con más racionalidad, así podrás educarlos verdaderamente bien.». (Novena Lección, Zhuan Falun)

Creo que, en lo más profundo de su ser, todos los niños son sinceros, amables, inocentes y carecen de malicia. Les dije que, como seres humanos, debemos ser honestos y amables, y tener en cuenta a los demás en todo lo que hacemos. Les dije: «No creo que haya un ladrón en nuestra clase. Supongo que alguien debió de tomarlo prestado para mirarlo y olvidó devolverlo.

Si ese es el caso, ¿podría ese alumno devolver el reloj, por favor? Si lo hace, no investigaré más el asunto». Al día siguiente, la niña que había perdido su reloj se acercó a mí y me dijo: «¡Maestra, me han devuelto el reloj a mi pupitre!». Me sentí tranquila al confirmar que había tomado la decisión correcta.

Tratar con benevolencia a un alumno con discapacidad

Durante mi etapa como maestra, tuve un alumno con discapacidad. Tenía unos diez años; era un niño regordete, con los ojos algo separados y el puente nasal bajo. Padecía síndrome de Down y presentaba dificultades tanto en el habla como en el desarrollo intelectual. Tras repetir curso año tras año, finalmente llegó a mi clase.

Al ver a este niño, mi primera reacción fue pensar que la vida no debió de haber sido fácil para los adultos que lo criaron. Me propuse tratarlo con compasión y educarlo. En primer lugar, les dije a los demás niños que debíamos ser inclusivos, cuidar de él y no acosarlo; que debíamos tratarlo con amabilidad y amor, porque queríamos que creciera sano y feliz en nuestra clase, igual que todos los demás.

Sabía que a menudo no asistía a sus otras clases y simplemente se alejaba deambulando. Con frecuencia se tiraba al suelo y rodaba hasta quedar cubierto de suciedad. Sus compañeros solían acosarlo, golpearlo o insultarlo, y su rostro siempre estaba cubierto de lágrimas o de tierra.

En mi clase, todos los alumnos se preocupaban por él, lo querían y lo ayudaban. Le permitía leer palabras nuevas y dibujar junto a sus compañeros, al tiempo que le ofrecía palabras de ánimo y elogios con frecuencia. Poco a poco se volvió más aseado y aprendió a reconocer algunos caracteres y a dibujar. Incluso tarareaba canciones a veces. Al ver estos cambios, sus compañeros se alegraban y los maestros quedaban asombrados.

Cuando su madre me vio, dijo: "Gracias por todo lo que ha hecho". Tras la cosecha de cacahuetes, su madre me trajo una cesta y dijo: "Ha cuidado muy bien de mi hijo. Esto es solo una pequeña muestra de mi agradecimiento". Insistí en rechazar su ofrecimiento y dije: "No puedo aceptar sus cacahuetes. Educar a los niños es mi deber. Si cree que hice un buen trabajo, es porque practico Falun Dafa. Es Shifu quien me enseñó a ser altruista y a mantener elevados estándares morales". Su madre estuvo de acuerdo.

Los padres insisten en que sus hijos estén en mis clases

Por lo general, la escuela asigna las tareas docentes haciendo que los maestros pasen al siguiente curso junto con sus clases. Sin embargo, en dos o tres ocasiones, tras enseñar a un grupo de cuarto grado, la administración me reasignó para enseñar a primer grado. Esto se debía a que nadie quería hacerse cargo de primer grado.

Los maestros consideraban que los niños eran demasiado pequeños e inmaduros; además, les resultaba una labor mentalmente agotadora y les desagradaba tener que gestionar ellos mismos todo el plan de estudios de la clase. Algunos maestros llegaban incluso a invitar a comer a otros o a ofrecer regalos con tal de evitar que les asignaran primer grado. Pero, como practicante de Dafa, no debía eludir las situaciones difíciles ni elegir a mi conveniencia de qué ocuparme, así que acepté lo que la escuela dispuso para mí.

Sin embargo, cuando los padres de los alumnos se enteraron de que ya no enseñaría a sus hijos, acudieron al director e insistieron en que yo fuera quien les impartiera clases. La madre de una alumna comentó: «No solo es una buena maestra, sino que realmente se preocupa por los estudiantes».

Otro padre relató: «Hubo una niña que tuvo un accidente y se ensució los pantalones; esta maestra la limpió personalmente y trajo de su casa un par de pantalones de su propia hija para que pudiera cambiarse».

Sé que actué siguiendo las enseñanzas de Shifu. Falun Dafa purificó mi mente y mi cuerpo, ayudándome a convertirme en una persona desinteresada y considerada. ¡Gracias, Shifu!