(Minghui.org) De una mujer frágil a una practicante digna: te invitamos a leer este artículo de intercambio de una practicante de la provincia de Jilin.

¡Saludos, compasivo y gran Shifu!
¡Saludos, compañeros practicantes!

Llevo practicando Falun Dafa durante 29 años. A lo largo de diversas pruebas y tribulaciones, por muy arduas o difíciles que se volvieran las cosas, siempre he mantenido mi fe en Shifu y en Dafa. Para el 23.er Fahui de China en Minghui, estoy escribiendo algunas de mis experiencias de cultivación para informarlas a Shifu.

La suerte de haber obtenido el Fa

Este año cumplo 73 años. Soy originaria de la provincia de Shandong, pero en 1978 me mudé al norte de China con mi marido después de que fue dado de baja del ejército y empezó un nuevo trabajo allí. Mi marido trabajaba en un equipo de perforación y estaba en el campo todo el año, mientras que yo me quedaba en casa cuidando de nuestros dos hijos.

Mi hija es tres años mayor que mi hijo. Cuando estaba ocupada con las tareas de la casa, me sentía mal o de mal humor, mi hija hacía compañía a mi hijo y jugaba con él. Ella actuaba como una adulta, lo que facilitó mucho las cosas para mi marido y para mí.

En aquel entonces, estaba en mal estado de salud. Mido 1,6 metros pero pesaba solo 50 kg. Sufrí varias dolencias, incluyendo una úlcera duodenal, enfermedades cardíacas y anemia. Era propensa a desmayarme, así que mi familia me obligaba a llevar medicación para el corazón todo el tiempo.

También tenía futi. Desde que tengo memoria, he sido propensa a atraer espíritus malignos. Atormentada por dolencias tanto físicas como espirituales, mi vida era un infierno viviente y luchaba por sobrevivir en una desesperación absoluta.

En agosto de 1996, una compañera de trabajo me trajo un libro y me dijo: "Este libro es realmente extraordinario: es sagrado y puede beneficiar la salud de una persona. Mucha gente lo está leyendo y aprendiendo las enseñanzas de Dafa; tú también deberías".

Le respondí: "¡Gracias! Me lo llevaré a casa y lo leeré esta noche".

Mi tianmu ha estado abierto desde que era niña, así que puedo ver cosas que otros no pueden. Después de terminar la cena y ordenar la casa, saqué el preciado libro Zhuan Falun para leer. El emblema Falun en la portada llamó inmediatamente mi atención, ¿cómo podía estar moviéndose? ¡De verdad estaba girando!

Aunque había leído toda la noche, no sentía ni un poco de cansancio o de sueño; al contrario, me sentía renovada y alerta. Lo más sorprendente es que la úlcera duodenal que me había atormentado durante años había desapareció sin dejar rastro, y durante toda la noche mi estómago no se sintió hinchado ni dolorido.

Más tarde ese día, le conté a mi compañera mi experiencia leyendo el libro. Ella sonrió y dijo: "Tienes una base sólida y una conexión predestinada con Dafa. Te llevaré a un sitio de práctica después del trabajo".

En el sitio de práctica, la instructora voluntaria me habló de Falun Gong con más detalle. Me dijo: “Falun Dafa es una disciplina espiritual de la Escuela Buda. Es una práctica para la mente y el cuerpo y puede curar enfermedades, pero no está pensada para ese fin; no debes practicarla con ese objetivo. Si de verdad quieres aprender, por favor, consigue un ejemplar de Zhuan Falun y léelo con atención. También hay cinco ejercicios, sencillos y fáciles de aprender, que son extraordinariamente eficaces para mejorar la salud”.

La instructora me enseñó entonces el primer ejercicio. Mientras la observaba, imitaba sus movimientos, estirándome y relajándome, y sentí una energía poderosa en mi cuerpo. Me sentía increíblemente cómoda y mi corazón se llenó de alegría. La instructora dijo: "¿Puedes sentarte con las piernas cruzadas?". Le dije que sí, y desde ese momento me conecté con Dafa y tuve un Shifu.

A medida que seguía estudiando las enseñanzas y practicando los ejercicios, mi salud mejoraba día a día. En solo dos meses, Shifu purificó mi cuerpo, dejándome ligera, libre de cargas y libre de enfermedades. Shifu también limpió mi entorno familiar, eliminó los futi que tenía y me bendijo con una familia feliz y armoniosa.

Más tarde, acudía al lugar de práctica todos los días, llegaba temprano y me marchaba tarde, y colgué una bandera de práctica —que aún conservo en mi colección—. Después de eso, formamos un grupo de estudio del Fa en mi casa, y los compañeros practicantes venían a estudiar el Fa y a compartir sus entendimientos. Dentro del grupo, nos animábamos mutuamente a estudiar y cultivarnos con diligencia, a mirar hacia nuestro interior y a centrarnos en mejorar nuestro xinxing, esforzándonos por ser verdaderos discípulos de Shifu.

Shifu eliminó el futi que tenía

Cuando era joven, en cuanto se ponía el sol, mi madre me encerraba en mi habitación y no me dejaba salir, porque era frágil y propensa a ser poseída por futi. Esto ocurría especialmente en días festivos y otras ocasiones especiales, cuando era particularmente susceptible a esas entidades.

Una vez poseída, sentía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo, temblaba sin control y gritaba y lloraba sin parar. Entonces, mi madre tenía que buscar a un curandero esotérico, que saltaba y brincaba por todas partes mientras quemaba papeles y recitaba conjuros para expulsar a los espíritus malignos. Incluso después de que esas entidades fueran expulsadas, me sentía fatal durante varios días, peor que con una enfermedad grave.

Una vez, de camino a casa tras una reunión con su unidad militar, mi marido se detuvo para presentar sus respetos a su difunto padre, arrodillándose y haciendo una reverencia profunda ante su tumba. En cuanto entró en nuestro patio, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y empecé a temblar; mi rostro se puso pálido y grisáceo, y al poco tiempo perdí el conocimiento y me desmayé.

Mi marido llamó rápidamente a un médico de medicina tradicional china. El hombre me tomó el pulso y dijo: “Esto no pinta bien; no noto el pulso. Podría tratarse de algún tipo de dolencia espiritual. Ve a buscar a un chamán inmediatamente”. El chamán llegó y llevó a cabo un ritual de exorcismo.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que por fin recuperara el conocimiento. Cuando vieron que abrí los ojos, mi familia dio un suspiro de alivio. Más tarde, me contaron que había estado inconsciente durante un día y una noche enteros. Los niños se habían asustado tanto que lloraban, y toda la casa se había visto sumida en un caos total.

Otras personas instaron a mi marido a que invitara a un “espíritu guardián de la casa” a nuestro hogar, alegando que curaría mi enfermedad y evitaría nuevos casos de posesión de futi. Mi marido trajo a casa una tablilla espiritual para esta deidad y comenzó a hacerle ofrendas. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, mi estado no mejoró y los episodios continuaban cada tanto.

Esta situación seguía atormentándome, dejándome agotada, provocando malestar en nuestra familia y haciéndome sentir avergonzada. No podía levantar la cabeza delante de desconocidos ni en el trabajo, por miedo a que los demás me menospreciaran. Me enfadaba con facilidad y era propensa a los arrebatos; cada vez que perdía los estribos en casa, mi familia se asustaba y cedía ante mí. En el trabajo también era intransigente, y ni siquiera mis superiores se atrevían a llevarme la contra.

Un día, cuando llevaba menos de medio mes practicando, volvía a casa después de hacer los ejercicios cuando vi a un monstruo blanco sin cabeza que parecía un zorro en la entrada de la escalera de mi edificio. Me bloqueaba la puerta, impidiéndome entrar. Al acercarme a él, me dio un golpe con su enorme cola, y grité: “¡Shifu! ¡Shifu, por favor, sálvame!”. En el momento en que llamé a Shifu, el monstruo desapareció.

Subí corriendo las escaleras, temblando de miedo. Cuando llegué a la puerta de mi piso, en la tercera planta, aquella cosa estaba agazapada allí de nuevo. Rápidamente grité: «¡Shifu, sálvame!». Justo en ese momento, lo vi convertirse en una pequeña bola de fuego y escapar por el conducto de la basura.

Me apresuré a acercarme al retrato de Shifu, me arrodillé y me incliné. Todo miedo había desaparecido de mi corazón, dejando solo gratitud. Aunque hacía unos momentos estaba temblando, me di la vuelta, me senté con las piernas cruzadas en la cama y empecé a leer Lunyu en voz alta. La habitación estaba llena de paz y tranquilidad.

Desde entonces, no hubo más incidentes de posesión de futi ni nada parecido. Me volví más valiente y ya no tenía miedo de estar sola en casa. Después de nuestro estudio grupal del Fa, caminaba a casa sola en la oscuridad sin el más mínimo miedo. Mi temperamento también cambió, y empecé a hablar de forma más suave y amable—hasta el punto de que mis superiores comentaron que parecía una persona completamente diferente.

Mis superiores y compañeros de trabajo saben que practico Falun Dafa. A menudo digo a la gente a mi alrededor lo bueno que es Falun Dafa, explicando que tiene un efecto notable en mejorar la salud y curar enfermedades; como resultado, varios de ellos también han adoptado la práctica. Al ver los cambios en mí, mi marido también empezó a practicar.

Cultivando la tolerancia

Trabajo en la cafetería de la empresa. Un día a la hora de comer, estaba sirviendo a los comensales con dos compañeros de trabajo, un hombre y una mujer. Nos llevamos bastante bien y hablamos de todo. Normalmente somos muy abiertos y relajados, charlando libremente mientras recogemos las mesas.

La mujer empezó a quejarse de que su marido era incompetente y "no muy buen hombre". Sonreí y dije: "¿Cómo puedes decir eso de tu marido?". El compañero que estaba cerca se enfadó de inmediato—pensó que hablábamos de él—y de repente me lanzó un montón de platos.

Me agaché justo a tiempo, y los platos se estrellaron contra la pared, destrozándose en pedazos. ¿Qué estaba pasando? Antes de que pudiera entender qué había pasado, todos los comensales nos miraban en shock, pensando que iba a estallar una gran pelea.

Me recordé a mí misma seguir las enseñanzas de Shifu: no debo perder la tolerancia ni contraatacar. Me contuve y mantuve la compostura. Con una sonrisa, le pedí perdón: "Hermano, siento haberte molestado. Por favor, perdóname". Al oír esto, se sonrojó y dijo de inmediato: "Lo siento. Yo soy quien te hizo daño. No sé de dónde salió ese repentino estallido de ira hace un momento; No debería haberte gritado". Todos parecían atónitos y desconcertados por lo que acababa de suceder.

Mucha gente sabe que practico Falun Dafa y que enseña a ser buenos y a hacer buenas acciones, pero nunca imaginaron que cambiaría tan rápido—que realmente he aprendido la práctica y me he convertido en una mejor persona. Podía ver aprobación en los ojos de todos. Estoy agradecida a Shifu por transformarme. Mi marido trabaja en la misma organización que yo y también estaba increíblemente contento de ver todos los cambios positivos.

Ir a Beijing muchas veces para defender a Dafa

En 1999, el Partido Comunista Chino (PCCh) comenzó a perseguir a Falun Dafa. Habiendo obtenido beneficios tanto físicos como mentales gracias a la práctica, surgió en mi corazón la idea de alzar la voz en defensa de Shifu y limpiar su nombre. El 20 de julio, muchos compañeros practicantes de nuestra zona se dirigieron a la capital provincial, y yo fui una de ellos.

Tomé un taxi hasta la zona cercana a la Oficina de Peticiones del Gobierno Provincial, pero tuve que bajarme a cierta distancia. Los practicantes de Falun Dafa se alineaban en las calles y había muchos agentes de policía montando guardia. La policía no dejaba entrar a los solicitantes en el recinto, así que le pedí en silencio a Shifu que me diera fuerzas. Pensé: “Que la policía no me vea”, y entré.

Al llegar a la entrada de la Oficina de Peticiones, vi que la sala ya estaba abarrotada de gente; simplemente no había forma de colarse. Los compañeros practicantes alzaban la voz, compartiendo la verdadera situación respecto a Falun Dafa. En ese momento, grité: “¡Limpien el nombre de Shifu!”. Me quedé allí un rato y luego me fui.

Después de salir, vi a muchos compañeros practicantes siendo arrastrados por la policía a grandes autobuses y llevados lejos. Al salir un autobús, llegaba otro; No tenía ni idea de a dónde los llevaban. Dos practicantes cerca de mí conversaban en voz baja sobre la posibilidad de ir a Beijing para defender a Dafa, así que me uní a ellos y partimos hacia Beijing. Tomamos un tren que salió a las 6 de la tarde, y durante nuestra conversación en el tren supe que eran de Yanbian.

Ya eran más de las 6 de la mañana cuando llegamos a Beijing. Al salir de la estación de tren de Beijing, nos dirigimos directamente a la plaza de Tiananmen. La plaza estaba llena de practicantes de Falun Dafa de todo el país: algunos meditaban, otros hacían los ejercicios de pie y otros sostenían pancartas.

Saqué mi pancarta y la levanté por encima de la cabeza con ambas manos para validar el Fa. A medida que la multitud crecía, agentes de paisano y policías comenzaron a detener ilegalmente a la gente. Le pedí a Shifu que me protegiera, pensando: “Que no me vean”. Me mezclé entre los turistas, salí de la plaza de Tiananmen, compré un billete de autobús y volví a casa.

El día de Año Nuevo de 2000, un compañero practicante y yo tomamos un taxi desde nuestra zona hasta Changchun, donde compramos billetes de tren. Llegamos a Beijing poco después de las 6 de la mañana y nos dirigimos directamente a la plaza de Tiananmen. Allí encontramos a muchos compañeros practicantes realizando los ejercicios, así que nos unimos a ellos; una vez que terminamos, regresamos a nuestra zona.

En febrero de 2001, fui sola a la estación de tren de Changchun y compré dos billetes de tren: uno para Beijing y otro para el viaje de vuelta. Mientras esperaba en la estación, me encontré con dos compañeros practicantes de mi zona. Desde cierta distancia, me llamaron: «¡Hermana mayor! ¡Hermana mayor!». Vi que unos agentes de policía los sujetaban a ambos. Al darse cuenta de que nos conocíamos, la policía nos llevó a todos al interior de la estación, nos preguntó de dónde éramos y tomó declaración a cada uno de nosotros.

Al poco tiempo, la policía local nos trajo de vuelta y nos ingresó directamente en el centro de detención municipal. Mientras estuve allí, seguí meditando y recitando Lunyu. La policía me exigió que escribiera y firmara una declaración de compromiso en la que renunciaba a mi práctica, pero me negué rotundamente a cooperar. Tras permanecer detenida durante 14 días, mi familia vino a buscarme y me llevó a casa.

Tres días después, unos agentes de la comisaría vinieron a mi casa y me llevaron a la comisaría. Me presionaron para que firmara una declaración de compromiso en la que prometiera que dejaría de practicar Falun Dafa y que no iría a Beijing a presentar una apelación. Me negué rotundamente a firmar o a ofrecer ningún tipo de compromiso de ese tipo. Me dijeron: “Si no lo firmas, ni se te ocurra pensar en volver a casa”.

Les respondí: “Si quieren una garantía por mi parte, la única que puedo darles es que seguiré creyendo en el Maestro Li”. Entonces, la policía hizo entrar a mis familiares para intentar persuadirme de que firmara, pero tampoco les hice caso: sencillamente, no estaba dispuesta a hacerlo.

La policía no me dejaba volver a casa sin escribir una declaración de garantía. Durante tres días seguidos, me negué. Al ver que me mantenía totalmente firme, la policía le dijo a mi familia: “Escriban una declaración en la que prometan vigilarla para que no vaya a Beijing, y entonces podrán llevársela a casa y cuidar de ella allí”. Mi familia escribió la declaración, prometiendo asegurarse de que no fuera a Beijing, y solo entonces la policía me dejó marchar.

Al llegar a la salida, oí una voz que decía con sarcasmo: “¿Todavía quieres alcanzar la perfección? Incluso Tang Seng tuvo que soportar 81 tribulaciones; no se podía saltar ni una sola”. Me di la vuelta y pregunté: “¿Qué has dicho?”. La voz respondió: “Ya has firmado una declaración de garantía. ¿Cómo vas a poder alcanzar la perfección ahora?”.

Inmediatamente me puse en guardia. ¿No me estaba dando Shifu una pista? Mi familia había redactado la declaración de garantía, pero yo no me había opuesto; la había aceptado tácitamente. ¿No significaba eso, en la práctica, que la había escrito yo misma? Eso, sencillamente, no podía ser.

Volví corriendo a la habitación y rompí la “declaración de garantía” que aún estaba sobre la mesa. El jefe de policía se apresuró a intentar detenerme. Mis familiares también me tiraron hacia atrás, disculpándose con él mientras me sacaban a rastras. El jefe gritó enfadado: “¡Sáquenla de aquí!”. Me alegré de no haber cedido.

Desde entonces me han dejado en paz, incluso durante las campañas de “Llamar a las puertas” y “Reducción a Cero”. Cuando presenté mi demanda penal contra Jiang Zemin, utilicé mi nombre real y mi número de identificación nacional y envié los documentos por correo. Nadie ha venido nunca a mi casa a acosarme.

Aclarando la verdad y ayudando a la gente a salvarse

Después de que el PCCh comenzó a perseguir a Dafa, perdimos nuestro entorno para el estudio grupal del Fa y los ejercicios, y nuestra práctica pasó de ser de una cultivación personal a una cultivación de rectificación del Fa. Al principio, todos los materiales para aclarar la verdad de nuestra zona procedían de otros lugares, principalmente de la capital provincial.

Una vez, llegó a mi casa una caja grande que contenía pancartas de aclaración de la verdad, carteles adhesivos y folletos. Pensé para mis adentros: “Al principio todo es difícil, pero alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que dar el primer paso. Puesto que esto ha llegado a mi puerta, me corresponde a mí encargarme de ello; esta es mi responsabilidad”.

Salía después de cenar y los fines de semana para distribuir y colocar materiales de aclaración de la verdad, pero, incluso después de varios días, aún quedaban muchos. Mi marido (un compañero practicante) ya se había jubilado y estaba en casa en aquel momento, así que se ofreció a ayudar, y toda nuestra familia echó una mano.

Mi marido tiene una moto, así que me llevaba a los barrios periféricos más alejados y a las zonas rurales para llegar a la gente de allí. Las barreras de seguridad, los árboles y los postes eléctricos a ambos lados de la carretera eran lugares ideales para colgar el material de aclaración de la verdad. Trabajábamos juntos: uno de nosotros extendía el material mientras el otro lo tensaba. Conseguíamos hacer mucho en cada viaje y, a veces, no llegábamos a casa hasta muy tarde.

Otros practicantes se fueron sumando poco a poco para aclarar la verdad y ayudar a salvar a los seres conscientes. Establecimos centros de producción locales de material para aclarar la verdad y creamos nuestros propios folletos, pegatinas, pancartas y calendarios de mesa y de pared. También imprimimos mensajes para aclarar la verdad en billetes.

Todo el mundo se implicó en aclarar la verdad, oponerse a la persecución y ayudar a salvar a los seres conscientes como parte de su cultivación durante el período de rectificación del Fa.

Una noche, cuando mi marido y yo volvíamos a casa desde la zona rural después de repartir materiales informativos (solíamos salir entre las 19:00 y las 20:00 y regresábamos entre las 23:00 y las 00:00), la policía nos detuvo justo al incorporarnos a la autopista. “Es muy tarde», dijeron. “¿Adónde van?”. Mi marido respondió: “Vamos a casa de un familiar”. La policía nos separó para interrogarnos, pero nos sentíamos completamente tranquilos y no teníamos ningún miedo.

El agente me preguntó: “¿Cómo se llama este pueblo? ¿Cómo se llama el familiar al que van a visitar?”. Respondí de inmediato, sin dudar ni un instante. Al ver lo rápido que respondí, nos dejaron marchar.

De camino a casa, le pregunté a mi marido: “¿Qué te preguntó la policía?”. Él respondió: “Me preguntaron el nombre del pueblo y a qué casa íbamos de visita. Les di un nombre al azar: les dije que íbamos a casa de Xiao Liu”. Me quedé atónita: ¡era exactamente la misma respuesta que yo había dado! ¡Fue realmente asombroso! Ambos nos dimos cuenta de que Shifu nos había guiado para decir eso; era Shifu protegiendo a sus discípulos.

En otra ocasión, mi marido y yo fuimos a un pueblo por la tarde para repartir material informativo. El pueblo estaba muy bien iluminado; había farolas a ambos lados de las calles, lo que lo hacía tan luminoso como de día.

Le pedí a Shifu: “Que las luces se atenúen por dondequiera que caminemos, para que nuestros esfuerzos por salvar a la gente no se vean obstaculizados”. Nada más pensarlo, las luces empezaron a parpadear. Mi marido, que caminaba delante, preguntó: “¿Por qué parpadean así las luces?”.

Le respondí: “¡Es Shifu que nos está ayudando! No te preocupes, sigue haciendo lo que tengas que hacer”. Mi marido y yo repartimos con éxito todo el material y volvimos a casa sanos y salvos.

Durante más de 20 años, mi marido y yo hemos dedicado sistemáticamente nuestras mañanas a salir a aclarar la verdad a la gente cara a cara, y nuestras tardes a estudiar las enseñanzas del Fa. Llueva o haga sol, hemos mantenido esta rutina hasta el día de hoy.

Hemos recorrido todas las calles y callejuelas de la ciudad, visitando mercados matutinos, centros comerciales y supermercados. Cualquier día, podemos convencer a entre tres y cinco personas, o a veces hasta 20 o 30, de que renuncien al PCCh y a sus organizaciones afiliadas.

Incluso durante la pandemia de COVID, seguimos adelante. Cuando nuestro complejo residencial quedó confinado, simplemente saltamos el muro —de más de un metro de altura— con tanta facilidad que nadie diría que tenemos entre 60 y 70 años.

Al aclarar la verdad, nos encontramos con todo tipo de personas. Una vez hablé con un hombre de unos 40 años que parecía estar esperando a alguien. Le pregunté: “Joven, ¿es usted miembro del Partido?”. Me miró de arriba abajo y dijo: “Venga conmigo. Le llevaré a un sitio”. Me di cuenta de que era un agente encubierto y de que tenía que deshacerme de él lo antes posible.

Justo en ese momento, alguien se acercó y empezó a hablar con él. Mientras estaban distraídos, me escabullí rápidamente. Estuve a punto de ser descubierta, pero logré escapar sana y salva.

A veces nos encontramos con gente buena. En el mercado de la mañana, una vez me topé con un agente de policía uniformado. Parecía accesible y se notaba que era amable. Me acerqué a él y le dije: “Hola. ¿Has venido a comprar comida?”. Él respondió: “Hoy tengo el día libre, así que he venido a comprar verduras”. Le dije: “Ustedes están tan ocupados todos los días velando por la seguridad del barrio. Se nota que eres una persona amable, así que déjame compartir contigo un consejo: podría salvarte la vida si ocurre una catástrofe”.

Me miró de reojo, me hizo una señal para que me callara y señaló a alguien que estaba cerca, diciendo: “Ese es un compañero mío. Él es el encargado de ocuparse de estos asuntos”. Le susurré: “Las buenas personas merecen ser recompensadas. Ya que eres una buena persona, ¿por qué no renuncias al Partido y a sus organizaciones afiliadas? Sería bueno para ti y para tu familia». Al ver mi sinceridad, dijo: “De acuerdo, adelante, hazlo por mí”. Le di un seudónimo y le ayudé a completar la renuncia.

Una tarde de invierno, mi marido y yo salimos a pegar pegatinas de aclaración de la verdad cuando vimos una valla publicitaria junto a la carretera, un lugar ideal para las pegatinas. Me bajé de la moto y me dirigí directamente hacia allí, sin prestar atención a dónde pisaba, y con un “golpe sordo”, caí en un agujero. Sentí como si mis pies hubieran aterrizado sobre una plancha de hierro al rojo vivo. Grité: “¡Ay!” y salí de un salto.

Mi marido se apresuró a acercarse para ver cómo estaba y me preguntó: “¿Te has hecho daño?”. Le dije que no, y entonces ambos miramos hacia el interior del agujero. Había una válvula de calefacción, y el agua salía silbando de las tuberías calientes. Si me hubiera quedado en esa agua hirviendo aunque fuera unos segundos, sin duda me habría quemado la piel.

No sé de dónde saqué la energía, pero simplemente salté fuera de allí; fue increíble. Nos dimos cuenta de que Shifu me había protegido. Se me llenaron los ojos de lágrimas y junté las palmas de las manos, repitiendo una y otra vez: «¡Gracias, Shifu! ¡Gracias, Shifu!».

Después de pegar las pegatinas, fuimos a varios sitios más. Cuando terminamos, nos fuimos a casa. Al cambiarme de ropa, los pantalones estaban rígidos como el hielo y me costó mucho quitármelos, pero mi piel estaba intacta gracias a la protección de Shifu.

Cada vez hay más gente que está comprendiendo la verdad últimamente. Un día, al subir a un autobús, alguien me llamó: “Hermana, ¡ven a sentarte aquí!”. Me senté junto a aquella señora y ella me ofreció un pan plano para que comiera.

Al principio no la reconocí. Ella me dijo: “Conoces a tanta gente que probablemente te hayas olvidado de mí. El año pasado, en el mercado de la mañana, me contaste los hechos y me ayudaste a renunciar al PCCh y a sus organizaciones afiliadas. Desde entonces, mi salud ha mejorado constantemente y ya no me agobia una gran pesadumbre en el corazón. Siempre he esperado tener la oportunidad de darte las gracias —eres una persona tan amable— y ahora, ¡aquí estamos, encontrándonos de casualidad!”.

Le respondí: “No hace falta que me des las gracias; es el Maestro Li de Dafa quien nos dice que hagamos esto. Él es compasivo y no quiere que se quede atrás ni una sola persona buena, por eso salimos todos los días a ayudar a salvar a la gente. Mientras tú estés bien, eso es lo único que importa”.

Aclarar la verdad y salvar a la gente es la responsabilidad de un discípulo de Dafa, es nuestra misión. Mientras la rectificación del Fa no haya concluido, seguiré saliendo todos los días.

Mi familia es bendecida

Desde que empecé a practicar Falun Dafa, he experimentado profundos cambios tanto en el cuerpo como en la mente. Mi familia ha sido testigo de estas transformaciones, ¡y todos están sinceramente agradecidos a Shifu y a Dafa! También apoyan mis esfuerzos por aclarar la verdad y salvar a las personas. Cada vez que me siento abrumada por las tareas, incluso se ofrecen a echarme una mano sin quejarse ni mostrar resentimiento.

Tras graduarse en la universidad, a mi hijo le asignaron un puesto en una empresa de perforación de yacimientos petrolíferos. Durante su año de prácticas, destacó de forma excepcional y se ganó grandes elogios de sus superiores. En su segundo año, pasó a ser empleado fijo y asumió el cargo de técnico de ingeniería. Más tarde ocupó los puestos de jefe de equipo y directivo de nivel medio, y hoy es director de la empresa.

Cuando mi hijo empezó a trabajar, vio lo ocupada que estaba yo cada día, así que comenzó a salir conmigo por las tardes para distribuir y colgar material de aclaración de la verdad.

Como ocupa un puesto de liderazgo en su trabajo, cada vez que el régimen comunista publicaba información sobre la persecución a los practicantes de Dafa, nos avisaba inmediatamente —o conducía hasta casa para recogernos, junto con nuestros libros de Dafa, y llevarnos a un lugar seguro—, protegiendo así tanto a nosotros como a los libros de Dafa.

A pesar de la persecución del PCCh, hemos logrado evitar numerosos casos de acoso y persecución. Durante muchos años, el grupo de estudio del Fa en mi casa ha permanecido intacto, y los compañeros practicantes se sienten seguros y tranquilos cuando vienen a mi casa.

Mi hija es enfermera jefa en un hospital. Aunque ella misma no practica, tiene mucha fe en Dafa. A menudo les dice a sus propios hijos: "Deben mostrar respeto a la gente mayor que practica Falun Dafa. Todos son buena gente. No escuchen a nadie que diga cosas malas sobre Falun Dafa".

Después de que el PCCh comenzó a perseguir a Falun Dafa en julio de 1999, mi hija llevó el retrato de Shifu de mi casa a la suya, donde lo ha mantenido expuesto con respeto desde entonces. En fiestas y festivales, ofrece incienso y fruta a Shifu.

Ella ha sido bendecida a cambio. Sus superiores en el trabajo la valoran mucho y se lleva muy bien con sus compañeros. También aprobó el examen para el título profesional de "Enfermera Responsable" en su primer intento.

Hace unos años, mientras mi hija atendía a un paciente en el hospital, el paciente dijo: "Jovencita, eres tan amable y tratas a la gente tan bien—eres realmente afortunada. Debe de haber un gran Fo en tu casa protegiendo a toda tu familia".

(Artículo seleccionado para el 23.er Fahui de China en Minghui.org)