(Minghui.org) En 1998, durante la temporada baja de labores agrícolas, fui a casa de un amigo a jugar cartas, como siempre.
Un derrame cerebral a los 31 años
Tenía 31 años en aquel entonces. Al igual que muchos jóvenes de zonas rurales, tenía algunos malos hábitos, como fumar, beber alcohol y apostar.
Mientras jugábamos a las cartas, de repente noté que mi visión se volvía borrosa. Sin embargo, no le di importancia y supuse que se trataba de fatiga por haber estado jugando sin parar.
Poco después, comencé a sentir mareos y náuseas, y empecé a vomitar. Dije: "Ya no puedo jugar más. ¿Quién quiere tomar mi lugar? Me siento fatal".
Justo en ese momento, el dueño de la casa —que era un "médico descalzo" (médico rural) — regresaba de una visita a domicilio. Uno de los jugadores señaló hacia mí y dijo: "Por favor, revísalo. Algo anda mal".
Para entonces, estaba empezando a perder el conocimiento. El médico me examinó y dijo: "Está en shock".
Yo dije: "¡Por favor, ayúdeme! Siento un dolor terrible".
"No tengo los medicamentos que necesitas", dijo, y pidió a los demás que buscaran un triciclo para llevarme al hospital del pueblo. Alguien le avisó a mi esposa, y ella me acompañó al hospital.
El médico que me atendió dijo: "Se trata de una hemorragia cerebral que no podemos tratar aquí. Debe ser trasladado al hospital de la ciudad de inmediato". Para ese momento, ya había perdido el conocimiento.
Cuando llegamos al hospital de la ciudad, ya había oscurecido. Tras examinarme nuevamente, el médico indicó que necesitaba una cirugía urgente y que se requería el consentimiento de un familiar. Él añadió: «Su estado es muy grave. No hay garantía de que la operación tenga éxito. Incluso si sobrevive, es posible que no vuelva a ser el mismo y que sufra complicaciones».
Mi esposa preguntó: «¿Qué tipo de complicaciones?».
«Posiblemente deterioro mental o parálisis. Podría quedar en estado vegetativo o incluso no salir con vida de la mesa de operaciones».
Mi esposa dijo: «Pase lo que pase, por favor proceda con la cirugía. Mientras siga respirando, yo lo cuidaré».
La operación, que duró cinco horas, fue un éxito rotundo. Se me había roto un vaso sanguíneo en el cerebro, así que el médico realizó una incisión en la parte posterior de la cabeza para repararlo.
Estuve hospitalizado durante 25 días, recibiendo a diario infusiones de medicamentos antiinflamatorios.
El día que me dieron el alta, no podía caminar por mi cuenta y mi visión era deficiente. No podía valerme por mí mismo y necesitaba asistencia constante.
Mi esposa estaba sobrecargada. Tenía que cuidarme a mí y, al mismo tiempo, ocuparse de las tareas domésticas y del trabajo en la granja. Al poco tiempo, la diabetes que ya padecía se agravó. Estaba tan débil que ya no podía cuidarme.
Le sugerí que regresara con sus padres para que su familia pudiera cuidarla, mientras yo volvía con los míos. Mis padres rondaban los cincuenta años. Para entonces, yo me sentía mejor y podía valerme prácticamente por mí mismo, aunque todavía no estaba en condiciones de trabajar.
Así pues, mi esposa y yo regresamos cada uno con nuestros respectivos padres para que ellos pudieran cuidarnos.
Un libro extraordinario
Un día vi un ejemplar de Zhuan Falun (Volumen II) sobre la mesa del comedor en casa de mis padres. Por curiosidad, lo tomé y empecé a leerlo al azar. El primer carácter que vi fue «Qiong» (Bóveda Celestial), y esto es lo que decía:
“El universo es tan inmensurable y el cuerpo celestial es tan inmenso que los seres humanos no podrán entenderlo por medio de la exploración. La materia es tan diminuta que nunca podrá ser detectada por los seres humanos. El cuerpo humano es tan profundo y misterioso que está más allá del conocimiento de la humanidad, lo cual es meramente un arañazo en la superficie de este tema. La vida es tan abundante y compleja que será para siempre un misterio eterno para la humanidad” (Bóveda Celestial, Escrituras esenciales para mayor avance).
Este pasaje era tan profundo y significativo que quedé completamente cautivado. A pesar de mi visión borrosa, me esforcé por leer. Me metí tanto en el libro que lo terminé de un tirón.
Continué leyendo el libro una y otra vez, de principio a fin, todos los días. Gradualmente, mi visión se aclaró y cada carácter del libro se volvió nítido. Al mismo tiempo, mi cuerpo también volvía poco a poco a la normalidad.
Más tarde comprendí que, mientras leía, Shifu estaba restaurando mi salud. A partir de entonces, emprendí el camino de la práctica de Falun Dafa.
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