(Minghui.org) En 2009 fui a una aldea para aclarar la verdad sobre la persecución a Falun Dafa a la gente. Un policía me arrestó y me llevó a la comisaría. Registró mi bolso, sacó todos los folletos y los fotografió. Le pregunté si arrestarme le serviría de algo. Después de decir esto, se marchó. Más tarde me llevaron a un centro de detención, donde permanecí diez días.

Hice los ejercicios, recité el Fa y envié pensamientos rectos. Gracias a los practicantes que habían estado detenidos allí anteriormente, los guardias no nos impedían hacer los ejercicios. Durante los descansos, les contaba a los reclusos de otras celdas la verdad sobre Dafa y les instaba a que renunciaran al Partido Comunista Chino (PCCh).

Varios miembros de una banda criminal también estaban detenidos allí. Les conté los hechos sobre Dafa y ellos escucharon. Canté canciones compuestas por practicantes y a todos les gustó la canción «Coming For You». Sentí que la canción era sagrada.

Me desperté riendo de un sueño en la mañana del décimo día. No podía dejar de reír, aunque no había nada gracioso en mi situación. El jefe de la banda pasó por mi celda y, al ver que no tenía nada para comer, le preguntó al guardia por qué no me habían dado el desayuno.

Más tarde, el subjefe de la comisaría y otro agente me llevaron al juzgado de la ciudad. El subjefe vino y trajo un documento. Lo tiró delante de mí y dijo: «Se la condena a trabajos forzados». Pensé: «No me importan sus asuntos».

Entonces pensé en mi hija, que estaba en el instituto. Se angustiaría mucho al saber que me iban a enviar a un campo de trabajos forzados. La última vez que me detuvieron, lloró todo el día, perdió el apetito, no podía dormir y se derrumbó.

Pensé en las horribles escenas de practicantes siendo torturados que se describen en Minghui y me pregunté si podría soportarlo. Me sentí envuelta por el miedo y comencé a temblar. Entonces mi lado divino despertó. Pensé: «No tengas miedo. Confiamos en Shifu y en el Fa, y la persecución no nos afecta».

Envié pensamientos rectos para eliminar la sustancia que me causaba miedo. La sustancia se disipó como una marea que retrocede y me sentí llena de energía. Pensé: «Soy discípula de Shifu. Lo que estoy haciendo es verdaderamente recto. No hay nada malo en distribuir materiales para salvar a la gente. Nunca aceptaré los arreglos de las viejas fuerzas».

Recité tranquilamente el Fa de Shifu en el camino al campo de trabajos forzados. Rechacé por completo los arreglos de las viejas fuerzas y eliminé mis pensamientos negativos o cualquier admisión intencionada o no intencionada de la persecución de las viejas fuerzas. Llegamos al campo de trabajos forzados a las 6 de la tarde, cuando los practicantes de todo el mundo envían juntos pensamientos rectos.

Tenía una lista de personas que querían renunciar al PCCh en mi bolso. Me preguntaba si debía destruirla o conservarla. Cuando surgieron mis pensamientos rectos, decidí conservarla.

Cuando llegamos, el director del campo de trabajos forzados ya se había ido a casa y una oficial estaba de guardia. Dijo que no tenía autoridad para admitirme. Otra persona había fallecido unos días antes y ella no quería asumir la responsabilidad. El subjefe de la comisaría insistió en que me admitiera. Después de discutir, la policía me llevó al hospital designado por el campo para un examen físico.

Tuve la oportunidad de escapar cuando fui al baño. Pero estaba decidida a no escapar y vagar más. Mientras me examinaban, le pedí a Shifu que me ayudara. Justo después de las 8 de la tarde, el subjefe golpeó el informe del examen sobre la mesa y exigió a la agente que me llevara. Ella volvió a decir en voz alta que no tenía autoridad.

El subjefe le gritó por enviarnos al hospital para que nos examinaran. Llamó al director del campo de trabajos forzados y le pidió que viniera. La oficial me trajo un vaso de agua. Mientras lo bebía, recité tranquilamente el Fa de Shifu: “Si los dizi tienen suficientes pensamientos rectos, Shifu tiene toda la capacidad para cambiar la dirección” (20 Anos Enseñando el Fa, Colección de Enseñanzas del Fa, Vol. XI).

Después de que llegara el director, me tomó la presión arterial. Le rogué a Shifu que me ayudara, pero mi presión arterial parecía normal. Luego me hicieron un electrocardiograma. Seguí diciéndole a Shifu: «No pertenezco aquí. Necesito irme a casa». El director terminó y me preguntó si había tenido problemas cardíacos cuando era joven. Le dije que tal vez sí. Me pidió que esperara afuera para poder hablar con la policía.

Me alegré, sabiendo que Shifu me estaba protegiendo y dejando que mi cuerpo mostrara síntomas de enfermedad. El director abrió la puerta y me llamó, diciendo que el campo de trabajo no me admitiría. El subjefe de la comisaría, que había intentado todo lo posible para que me admitieran en el campo de trabajo, se rindió y me dijo con impotencia: «Toma tu bolsa. Vámonos».

Gemí mientras caminaba, porque no había comido nada. El subjefe llamó a su jefe para preguntarle qué debía hacer. El jefe le dijo que me llevara de vuelta al centro de detención. En silencio, le dije a Shifu que de ninguna manera iría al centro de detención. Solo quería irme a casa.

Dos minutos más tarde, el jefe llamó y les pidió que me liberaran. Logré evadir la persecución. ¡Gracias, Shifu!

Eran más de las 10 de la noche cuando regresé a mi aldea. Llamé a mi hija, que pensó que estaba soñando cuando oyó mi voz. Hablé con mi tía. Todos se alegraron cuando supieron que me habían liberado. Eran más de las 11 de la noche cuando llegué a casa.

Mi marido acababa de llegar a casa y estaba cenando después de jugar al majiang. No me prestó ninguna atención. Dejé mi bolso, fregué el suelo y comí las sobras de mi marido. Esa noche no dormí, pero al día siguiente me sentí llena de energía cuando fui a trabajar a la oficina. Me di cuenta de que, mientras confiemos en Shifu y en el Fa, podemos superar la persecución.